El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El intelectual en la sociedad moderna

14 de febrero de 2024 - 09:00 p. m.

Pueden, con toda razón, los historiadores confirmar que en el contexto de la organización civil siempre ha habido un espacio claro y reservado para el hombre de metafísica, de letras, de estudio, academia y análisis. Tan suma verdad es esta sentencia, que incluso Heráclito fue llamado “el Oscuro de Éfeso”, porque, debido a sus estudios profundos, el vulgo no entendía sus intrincadas teorías.

PUBLICIDAD

Ahora bien, al parecer, el papel académico ha cambiado y revaluado en este mundo de avance científico, pero eso no dista de ser una gran falacia. La labor de los estudiosos es de suma relevancia, porque ellos han construido el pensamiento social y político a lo largo de los siglos. De tal manera que quien renuncia al intelecto se suicida, y la sociedad que no lo tiene como elemento básico va en decadencia y ad portas de la muerte.

La labor de construcción de pensamiento es menester para que los ciudadanos tengan otro panorama que sirva para crear una nueva cultura. Un ejemplo muy cercano, fidedigno y próximo es la tierra bonita de Aracataca; antes era un pueblo corriente, pero a partir de la aparición del fallecido Gabriel García Márquez, ganador del Nobel de Literatura, hubo una transformación de raciocinio social. Además, los grandes libertarios y amigos de la nueva República de Colombia eran intelectuales, y pudieron con certeza liderar la revolución (democrática, sin vacilación alguna) que nos permite en estos postreros días la libertad de expresión, que muy fiel y loablemente garantiza este diario.

Si alguno considera que mi enseñanza denota únicamente argucias, creo que el testimonio del que es preciso que me sirva hoy es el de Simón Bolívar. Si bien fue un hombre que, aunque algunos lo consideraron un déspota y tirano, no deja de perder su valor que haya tenido una referencia académica tan alta, influenciada por Napoleón Bonaparte y variopintos escritores griegos y franceses.

Por eso mismo, en estos tiempos de posmodernidad, no deja de ser útil que haya alguien, así sea entre muchos citadinos, que se cuestione acerca del bien, del mal, de Dios, de la patria, de la educación; porque siempre que haya alguien que refute los principios que se tienen por básicos y elementales, ese tal está colaborando al futuro, y no se está quedando en la puerilidad del porvenir. Queda refutada la vieja idea de que el que se interroga es raro, cansón o cualquier adjetivo peyorativo, porque, aunque el que sea intelectual tiene para sí una afugia diaria consigo mismo y con otros (puesto que debe replantear hasta sus mismos postulados), no por eso su trabajo queda en vano.

Bueno, ¿y cómo se forma esa persona ideal? La lectura es invaluable, y fomenta las nuevas capacidades no descubiertas del pensamiento, toda vez que el universo de las letras no es estático, cambia, se reafirma y se sustenta.

A todos los que leen este diario los invito a reflexionar sobre este tema, y si la intelectualidad les ha llegado, no olviden que el verdadero académico nunca deja de buscar por doquier la sabiduría, y no permitan que la arrogancia sucumba a su gloria. Asimismo, a los padres que tengan hijos en edad de formación les queda el legado que quieran dejarles. A la patria y, más excelentemente, a este apoteósico diario, siempre es preciso escuchar las voces de los eruditos, no a modo de infalibilidad, pero sí de conocimiento de gran beneficio y edificación a los oyentes.

Andrés Felipe Correa Vega

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias