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El legado de Trump

20 de enero de 2021 - 10:00 p. m.

En 1824, cuando Estados Unidos iniciaba su vida política y no tenía aún 50 años, Andrew Jackson ganó el voto popular y ganó los votos en el Colegio Electoral, pero por razones políticas y compromisos electorales perdió la elección presidencial en el Congreso cuando este tenía que certificar los resultados. Lo aceptó y fue elegido presidente en 1828. Jackson no era un santo: bajo su presidencia los nativos americanos fueron removidos a la fuerza de sus hogares y creía en la esclavitud (hay quienes quieren borrar su imagen de los billetes de 20 dólares), pero respetaba la Constitución y por eso, a pesar de sus creencias, fue importante.

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El respeto por su Constitución y por la democracia ha sido un bastión de la política de EE. UU. Sin embargo, Trump desconoció la primera e hirió de gravedad la idea de la segunda. En un esfuerzo ególatra por mantenerse en la Presidencia, glorificó el extremismo y la polarización política, que son el enemigo de la democracia no solo en EE. UU sino en todas partes; van en contravía de las ideas de tolerancia, compromiso y, sobre todo, del bien público. Anteponer los intereses individuales a los intereses generales o pensar que los intereses propios deben ser los de la nación es una ofensa imperdonable en una democracia. Ese es el legado de Trump.

El populismo es otro enemigo de la democracia, entendido como convencer al pueblo de que se está de su lado para lograr su apoyo, sin medir las consecuencias o viabilidad de las demandas. Imponer los intereses individuales de un presidente y venderlos como si fueran los del pueblo es comprar su apoyo, no ganárselo. En democracia, el ganador lo es porque venció en las elecciones, no porque ferió sus ideas en pos del triunfo. Ese feriar de ideas es el legado de Trump.

Más importante que ganar las elecciones es saber perder. Aceptar la derrota y entregar el poder, así sea al contendor menos apreciado, es la base sobre la cual se construye, se apoya y se fortalece la democracia. Esto lo entendió Jackson en 1824, pero no Trump en 2020, cuando llamó al pueblo a desconocer los resultados electorales, a manifestarse, y si bien las manifestaciones son un derecho en las democracias, la violencia que las acompaña no lo es. Esa violencia en el seno del Congreso es el legado de Trump.

La hegemonía de EE. UU. en el mundo se basó en su visión liberal de la política y la economía. No obstante, en palabras de George Washington (1796), “en la serie de los tiempos y de las cosas, pueden aparecer hombres astutos, ambiciosos y sin principios, que logren trastornar el poder del pueblo y usurpar las riendas del mando, arruinando después aquellas mismas máquinas que les proporcionaron elevarse a una injusta dominación”. Trump es uno de estos hombres: atacó de frente los pilares de la democracia y dio formalmente inicio al fin de la hegemonía estadounidense tal y como la conocemos. Ese es su legado.

María Teresa Aya Smitmans. Profesora, Universidad Externado de Colombia.

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