Seguramente que los llamados «antitaurinos» tienen gran parte de razón.
Desde su punto de vista, la llamada fiesta de los toros o “fiesta brava” encierra una buena porción de crueldad objetiva contra el animal, que sale de los toriles al ruedo, lo capotean, lo pican, lo banderillean y lo matan a espada o estoque, haciendo que de su castigado cuerpo salga la sangre, a veces a borbotones.
Su lucha es encomiable —digo, la de los “antitaurinos”— y poco a poco ha ido ganando terreno e incluso parece que se está imponiendo acá y allá la idea de que el precio de la diversión, del arte de los toros, es demasiado alto al conseguirse el indudable placer a costa del dolor del animal, aunque este último no se pretenda ni mucho menos y sea tan sólo lo que podríamos llamar un “efecto colateral”.
Pero me pregunto si la prohibición de la fiesta taurina, tal como la conocemos en Colombia, no será más bien una propuesta demagógica, de cara a la galería y de la que se obtiene un aplauso demasiado fácil.
Tengo que lamentar, desde luego, la incomprensión de muchos antitaurinos que ponen la esencia del toreo en un supuesto regodeo del público en la sangre, en el sufrimiento y muerte del animal. Creo que es una visión mezquina, miserable y malvada del aficionado a los toros. El placer del espectador reside en el riesgo del torero que se juega la vida y gana normalmente la partida con su arte, su ingenio, su gracia y su donaire para esquivarla y vencerla. Ese es el arte del toreo.
Pero en el caso de Bogotá y la propuesta del nuevo alcalde y sus seguidores, me vuelvo a preguntar: ¿no existen prioridades en un programa de gobierno? Oyendo hablar al artista David Manzur, parece que el toro fuera una persona humana. Y no lo es; por lo tanto, no es sujeto de derechos. Se le debe respeto, pero sólo hasta cierto punto y de ninguna manera equiparable al respeto que se le debe a la persona humana.
¿Pondrían los antitaurinos el mismo entusiasmo en defender a los pobres, abandonados y hambrientos que pululan por las calles de Bogotá?
Utilizando el dicho de Jesucristo en el Evangelio, en el caso de los toros, “estamos filtrando el mosquito” (el problema de la prohibición de los toros), mientras “nos tragamos el camello” de la ciudad destruida por los huecos y las obras eternamente inconclusas y mal canalizadas; el horror de su pésimo transporte, su río Bogotá hecho una cloaca, la tala de árboles en parques y avenidas, la invasión de los zorreros día y noche, la suciedad de sus calles, llenas de basura tirada en cualquier sitio, la falta de civismo de sus habitantes, el abandono de los humildes, el matonismo de sus choferes, la indisciplina generalizada, la toma de los espacios públicos sin ningún tipo de control, etc.
Hace tiempo que no voy a los toros. Si se acaban por ellos mismos, no lo lamentaré demasiado. Pero prohibirlo es limitar la libertad de un buen grupo de personas a quienes no hay ningún derecho a coartar sus gustos y aficiones.
Francisco Tostón de la Calle.