Aprovechando la propuesta de diálogo de El Espectador, creo que los argumentos del coronel (r) John Marulanda, presidente de Acore, publicados el 25 de mayo, merecerían alguna respuesta de quienes se sitúan desde perspectivas diferentes. Desafortunadamente, no he leído ninguna. Entonces, aunque no participo en ninguno de los grupos confrontados ni vivo en el país, como colombiano que ya ha visto pasar más de seis décadas de nuestra sangrienta historia, quisiera proponer un breve comentario (entre comillas algunas citas del artículo comentado).
Hace el coronel una constatación que seguramente comparten todos los que participan en el paro. Es el reconocimiento de “la problemática de desigualdad del país, a la que se agregan la deuda social acumulada, la corrupción, (…) una carga acumulada de inconformidad, desempleo, pobreza, hambre y desesperanza”. Efectivamente, todos sabemos que Colombia es uno de los países más inequitativos del mundo y que esa inequidad, en lugar de irse superando, va empeorando cada vez más. Basta ver el ejemplo del sector financiero, que es el que más gana y el que menos impuestos paga, o la propiedad sobre la tierra, cada vez más concentrada en unos pocos terratenientes, que tampoco pagan los impuestos que les corresponderían.
Desafortunadamente, de la misma premisa se pueden sacar conclusiones opuestas.
Para muchos, las protestas son un estallido social por esa carga acumulada de desesperación. Sin embargo, para el punto de vista militar que representa el presidente de Acore, las protestas son el resultado de una manipulación externa de los “maquinadores de siempre”, dirigidos desde Moscú, que habría estado detrás incluso del Bogotazo que siguió al asesinato de Gaitán en 1948.
Para muchos, los movimientos sociales se organizan, como en el Foro de São Paulo, con el objetivo de presionar coordinadamente para que haya políticas de mayor justicia social en América Latina, una de las regiones de mayor inequidad en el planeta (donde Colombia es uno de los países más inequitativos). Para el punto de vista militar, esas organizaciones son conspiraciones para adueñarse de la región, especialmente de Colombia, que sería “la joya de la corona”.
Para muchos, lo que más les conviene a los países pequeños es buscar condiciones favorables, manteniendo una apertura a buenas relaciones con todos los demás. Para el punto de vista militar, Colombia tiene que mantener una alianza exclusiva con Estados Unidos y secundarlo en su competencia contra otras potencias, como Rusia y China. Desde esa perspectiva, cualquier movimiento que busque cambios sociales de fondo es interpretado como una agresión encubierta a la zona de influencia de Estados Unidos.
De esta argumentación podría desprenderse entonces una conclusión pesimista. A los que protestan y buscan cambios sociales habría que tratarlos como agentes locales de un enemigo externo, es decir, como enemigos internos, y la paz y la prosperidad, como dice el coronel, no serán más que una “frustrante fantasía”.
Pero también algún optimista imaginario podría llegar a una conclusión diferente. Como ese supuesto enemigo externo se apoya en la “deuda social acumulada” para manipular la inconformidad de la población, pues quitémosle ese recurso. Influyamos para que se atiendan los reclamos de quienes protestan, para que se implementen programas en que resulte evidente que se está en camino de lograr más justicia social.
Hernando Rebolledo
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