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El precio de la paz

29 de enero de 2024 - 09:00 p. m.

Es claro que necesitamos la paz. Ese no es un problema de determinada agrupación política o de uno o dos sectores de la sociedad. Es un problema de todos y, como tal, debe ser para beneficio de todos. A la negociación se llega porque no ha sido posible someter a los grupos alzados en armas. En el caso colombiano, se han agotado fórmulas en varias ocasiones, pero los resultados siguen siendo magros y estamos empezando de nuevo. Para negociar, por lo general se ha diferenciado entre quienes abrazan algún ideal y se mueven por motivaciones políticas de quienes cometen delitos y crímenes movidos por el enriquecimiento fácil y por beneficios innobles. Hay una gran diferencia entre unos y otros. Este Gobierno crea confusión, porque al parecer intenta negociar con bandas dedicadas al narcotráfico y a otros delitos. La única explicación para que el Estado intente negociar con narcotraficantes, asaltantes, secuestradores y extorsionistas es porque es incapaz de someterlos. Una razón de ser del Estado es brindar tranquilidad y seguridad a los habitantes, por lo que puede usar la fuerza para combatir a los delincuentes. Si claudica en esa tarea, pierde sentido su existencia y deja a la población a merced de los bandidos.

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En la negociación, cada parte quiere obtener el máximo beneficio. Por eso lo responsable es negociar en los mejores términos posibles para la población, no para los guerrilleros o para el Gobierno. Lamentablemente, el afán político y de figuración lleva a los gobernantes a negociar pensando en ellos y en sus réditos futuros. Buen ejemplo de esto fue la pasada negociación con las FARC. Pese a que la mayoría votó negativamente el Acuerdo, el Gobierno se empeñó en imponerlo según sus ideas. A lo anterior se suma la actitud altanera, displicente, ofensiva que tuvieron los dirigentes guerrilleros con la población, en especial con las víctimas, como si el pueblo debiera agradecer sus felonías. Intentar engañar al pueblo es cosa de tontos.

El afán de este Gobierno para negociar con todos los grupos armados y delincuenciales al mismo tiempo, sin la menor transparencia, sin presentar una hoja de ruta clara, en un proceso de negociaciones dirigido por alguien que carecía de experiencia en un tema tan complejo, es prueba de una gran improvisación, de aventurerismo, de irresponsabilidad. La paz es un asunto demasiado serio para tratarlo como una feria de baratijas. Y los países garantes, si quieren propiciar caminos de paz, deben poner por delante la suerte de los colombianos, su futuro, que es lo que está en juego. Son muchos los errores cometidos en procesos anteriores y es de sabios aprender de ellos. El afán por lograr resultados es un mal indicativo de la seriedad con que se adelanta esta tarea, con el agravante de que posteriormente, sin importar lo malas que sean las consecuencias, no hay manera de exigir cuentas a nadie, porque nuestro país se caracteriza por no hacer responsables a sus gobernantes.

Fernando Brito Ruiz. Pereira.

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