La cruda realidad es que, desde que existimos como Estado, lo único que hemos hecho con el territorio es depredarlo, explotarlo, arrasarlo, aún desconociendo que, desde la independencia hasta nuestros días, se han alzado voces de advertencia para protegerlo, al punto que, a raíz de ello, se han creado y promulgado leyes y normas para proteger el medio ambiente ante la clara, contundente y permanente evidencia de su veloz deterioro.
Desde que nacimos como país autónomo e independiente, o como sociedad —si es que esta, la sociedad, en algún momento de nuestra historia estuvo por encima de los intereses particulares, como priman hoy—, hemos estado sometidos a las reglas de juego del mercado y de los dueños de ese mercado, para no entender que con este, nuestro actual estilo de vida, era, y lo es mayoritariamente hoy, imposible no transformar el paraíso terrenal que teníamos hasta convertirlo en el desastre ambiental que es hoy Colombia, donde aún sobreviven ciertos atisbos de lo que fue la exuberancia de su riqueza. Basta verlos en el promocionado video de Carlos Vives y su canción La tierra del olvido. Para no caer en estereotipos y creer que hemos sido los únicos brutos y asesinos ambientales, aceptar que la tierra entera ha sido, y está siendo, igualmente explotada sin misericordia, sin inteligencia y sin vislumbrar por ningún lado que esta exuberancia está llegando a su fin. Por eso, seguir insistiendo en promulgar leyes, en crear nuevas instituciones, ministerios o comisiones, para luego permitir, como sociedad, que el Estado caiga o siga en manos de los corruptos, sean éstos partidos políticos, empresas privadas, industriales, comerciantes, los que aparentemente son los paradigmas de la legalidad, o sean los otros, los ilegales, asociales, narcotraficantes, invisibilizando la corrupción, y entonces así no sancionar a los verdaderos depredadores y violadores del mundo, los peces gordos, los que todos siempre hemos sabido quiénes son. Esta actitud de indiferencia no nos ha servido de nada hasta hoy, es el círculo vicioso del que no nos podemos desprender como sociedad, y menos cuando les caemos con todo el peso de la ley a los peces chicos, como los colonos, pequeños agricultores y campesinos, que con su estilo de agricultura impuesto y con sus propias necesidades insatisfechas por un Estado secuestrado por la delincuencia colaboran al caos general, es cierto, pero entendiendo y aceptando que no son los directos culpables del desbarajuste ambiental, ya que es al mantener ese statu quo de las cosas como contribuimos a perpetuar el error. Octavio Cruz. Bogotá. Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.