En Cali, varios académicos, historiadores y la misma gente del común reconocen que hay un sector con ciertas pautas identitarias en común conocido como el distrito de Aguablanca. No voy a entrar en detalles, pero sí quisiera apuntar que en este sector de la ciudad habitan más de 400.000 personas, concentrando niveles altísimos de pobreza, segregación y violencia. Este territorio, ubicado al oriente de Cali, es un territorio, como diría el profesor Hernando Uribe, encerrado simbólica pero también físicamente.
Cali podría decirse que tiene al menos cuatro corredores de sur a norte: la famosa e inspiradora de canciones calle quinta, la autopista suroriental, la avenida Simón Bolívar y la avenida Ciudad de Cali. Esta última atraviesa todo el distrito de Aguablanca y, pese a ser una vía de tres carriles en ambos sentidos, se encuentra en pésimo estado, no tiene ni un solo puente vehicular y no fue priorizada ni para ser incorporada por las troncales del MIO ni tampoco ahora por el tren de cercanías.
La gente del distrito es la que más se mueve en bicicleta y menos bicicarriles tiene, y es la que más transporte público utiliza, pero menos oferta posee. Es tal el encerramiento, que para salir, por ejemplo, de Valle Grande (un barrio en el extremo oriente de la ciudad) la gente debe tomar un jeep o un pirata hasta la avenida Ciudad de Cali y de ahí coger alguna de las rutas alimentadoras del MIO o de los pocos buses que aún pasan. Es decir, la gente del distrito paga en promedio dos pasajes para poder llegar a sus trabajos, hacer cualesquiera diligencias o ir a estudiar, pues la mayoría de las universidades de la ciudad están sobre la calle quinta, en el extremo occidental.
La avenida Ciudad de Cali tiene en medio un enorme canal al aire libre que lleva aguas residuales a una PTAR que, por un contrato mal ejecutado, trabaja a media marcha; además requiere de una gran intervención urbanística pues no tiene puentes peatonales, ni vehiculares, ni andenes, ni árboles o zonas verdes, y los olores de ese canal enferman. El MIO no priorizó esta troncal que podría mover cientos de miles de pasajeros al día y, por lo visto, el tren de cercanías que está a punto de pasar a etapa de factibilidad tampoco lo hará.
El tren, para el distrito de Aguablanca, será uno de lejanías, pues está pensado para que utilice la antigua vía del ferrocarril: una ruta que va sobre la calle 25 y en cuyos márgenes hay principalmente bodegas, industria, almacenes y poca gente. Es el anticipo de que, al igual que el MIO, el dichoso tren no sea sostenible porque se está pensando de espaldas a la gente que más podría utilizarlo y de un sector que demanda intervención urbanística, paisajística y ambiental como medida de inclusión social. Aún estamos a tiempo de entender que la cercanía que produce un tren no es tanto por la rapidez con que recorre distancias, sino por la forma como acerca y propicia el encuentro de las ciudadanías.
Alejandro Sánchez Guevara. Docente universitario, analista en sostenibilidad.
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