Regionalismo y proteccionismo: dos factores decisivos para que la odisea de la industrialización antioqueña pudiera hacerse realidad a 500 kilómetros de los puertos. Muchas décadas nos duró la dicha que nos propiciaron nuestros bisabuelos, al emprender, con tesón paisa, emporios productivos para el mercado interno.
Al principio, con bajos salarios y con precaria legislación laboral, la quijotada funcionó. Pero después del medio siglo nos cayó la ola del enriquecimiento fácil y rápido, y el tesón paisa se desvaneció. Poco después, con la globalización, el proteccionismo se volvió inoperante. Con sus factorías encasilladas entre montañas, con el lastre de producir para el mercado interno, el empresariado devino de industrial en financiero. Así, por ejemplo, el muy paisa Banco Industrial, fusionado con el Banco de Colombia, se convirtió simplemente en Bancolombia.
Frente a un mercado limitado, el empresariado paisa se vio inducido a cambiar el verbo competir por el verbo influir: influir para entremezclar sector público con sector privado, clase empresarial con clase política. Se encontraron cómodos y hasta funcionales los llamados gobiernos corporativos. Así se atenuaba la puja por la contratación: el mercado interno era cada vez más un mercado cautivo.
Con enroques, las empresas que conformaban el llamado Sindicato Antioqueño se blindaron contra la competencia. Se creó el Grupo Empresarial Antioqueño (GEA).
Así, enrocado, al GEA lo sorprendió el jaque del grupo Gilinski con sus OPA. Con lo cual supimos que sí, que los valores intrínsecos de los activos de las empresas involucradas en las OPA eran considerablemente superiores a los valores vigentes al momento de las OPA, que las acciones estaban subvaloradas y que, por consiguiente, eran irrisorios los dividendos que recibían los accionistas minoritarios.
Está a punto de iniciarse, pues, el ciclo del grupo Gilinski, con acciones por ahora valorizadas. Es posible que, por algún tiempo y esperando mejores dividendos, las viudas vuelvan a invertir sus ahorros en acciones, más bien que en los certificados de depósito a término (CDT) de los bancos, con cuya rentabilidad apenas si veían compensada la pérdida del valor adquisitivo de esos ahorros, en razón de la inflación.
Pero no nos hagamos ilusiones: unas décadas más y el grupo Gilinski nos tendrá tanto o más apretados de lo que ahora nos tiene el GEA.
El capital tiene agallas, pero no tiene corazón…
Francisco Hoyos Hoyos.
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