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Ética y toros

12 de enero de 2014 - 06:00 p. m.

Estamos avanzando. La justicia es una sola y ahora está mostrando su última faceta: ¡el derecho de los animales! Suena rarísimo, pero por ahí va la cosa. Pero hablemos de toros…

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Algunos dicen que lo que pasa es que el toro nació para eso, para pelear, y que entonces el hombre no tiene culpa de que el toro halle su “realización” con el torero en la plaza. Ah, y que además así se dignifica al toro.

Yo sé que la afición ha disminuido, y por eso algunos críticos opinan que no hay necesidad de llegar al extremo de prohibir las corridas; que ya se acabarán solitas. Puede ser. Pero a mí sí me gustaría que se acabaran por prohibición, como todo un acto del hombre, de la humanidad que decide y no que deja las cosas al garete, a la inercia.
Algunas personas, muy serias ellas en todo lo demás, han llegado a proclamar: “Hombre, la cosa es muy simple: a quienes no les gusten las corridas, pues que no vayan”. El argumento se parece al que quizá hubo en tiempos de la esclavitud cuando se discutía su abolición: “Hombre, la cosa es muy simple: al que no le guste la esclavitud…”.

Mientras el hombre crea que tiene derecho a comerse al animal, pues que lo mate sin torturarlo. Esto se puede llevar a cabo, sin mayores inconvenientes, con los animales terrestres. El problema es con la pesca, donde el pez muere ahogado. ¿Habría que inventar una red eléctrica, de manera que el pez muera tan pronto la toque? ¿Cosas del futuro?
De todas maneras, no tenemos derecho a torturar al toro. Es que esto se hace de una manera tan deliberada que raya en el sadismo, que algunos lo disculpan con “arte”, “tradición”, etc. Que el toro no tiene alma, que no es humano. Yo les refutaba recordándoles que no se puede torturar a un loco; pero después concluí que este argumento no me servía mucho porque nos llevaría a concebir que podríamos matar al loco, sin dolor, para comerlo.

Hay mucha sensibilización en cuanto a evitar el maltrato a los animales, pero en mucha gente esto sólo llega hasta las corridas. Ahí se abre la gran excepción. Ahí el “arte” y la “tradición” destruyen todo lo demás. Y ese fenómeno llega hasta las altas cortes, que sin pudor hacen la consabida excepción por “arte” y “tradición”, sabiendo que existe toda una ley de la República que prohíbe el maltrato al animal.

Yo soy vegetariano, porque ya no soportaba pensar lo siguiente: si nos acercamos a un ternero, la vaca nos embiste, y con eso nos está diciendo: “Señor, usted abusa”. Lo único que le falta es hablar, y si lo hiciera nos iríamos de para atrás. ¿Pero acaso no vale más una imagen que mil palabras?


Toribio Araújo Segovia. Bogotá.

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