Desde el privilegio, temo aceptar que extraño levantarme con esa sensación, entre incertidumbre y adrenalina, de conocer qué persona cercana se había contagiado. Extraño la felicidad de teletrabajar en pijama, porque quitar la cámara en Zoom nunca generó tanta confianza en mi voz. Extrañola capacidad de hacer el desayuno mientras asistía a una clase o conferencia, y bañarme con calma sin hacer cuentas del tiempo en el tráfico.
Extraño tirarme en el piso de mi cuarto un viernes en la noche escuchando música del 2000, como si me hubiesen destrozado el corazón la noche anterior, sin sentir la presión de los otros jóvenes por salir y socializar, o, peor aún, la presión de encontrar una pareja de viernes para no defraudar a mi tía cuando me preguntara por el novio en Navidad.
Me reconfortaba saber que todos debían quedarse en su casa, así no me podía perder nada o quizá me perdía de todo… pero lo hacíamos todos. No sentía esa culpa que en circunstancias normales me hubiese angustiado, esa voz que me decía que “desperdiciaba mi juventud” por no salir de fiesta y socializar un viernes.
De verdad disfruté no haber tenido que inventar excusas para cancelar un plan y quedarme en casa; después de mi mente, nunca existió un lugar tan seguro y preciado para mí.
Me encantó bailar en la cocina y confieso haber salido con la excusa de mercar, pero aprovechando esas tres bolsas de mercado para interactuar con el paisaje y sacarme a pasear. Porque si hay algo más espiritual que tirarse en el piso a pensar mientras escuchamos música es, definitivamente, cantar canciones a grito herido en el carro y sentir que hacemos parte del video.
La cuarentena me enseñó a saber con quiénes realmente disfruto estar, porque me obligó a extrañarlos en las tardes y a contactarlos en Houseparty en las noches. Buscar la felicidad en hobbies nuevos, disfrutar de la cocina, leer, escribir, cantar, hablar sola, inventar historias en mi mente, vivirme… como si el universo me pidiera encontrarme.
Todo esto lo cuento desde el privilegio, el privilegio de poder trabajar desde la casa, el privilegio de tener una casa, el privilegio de no haber perdido a un ser querido, el privilegio de poder contar que la cuarentena para mí fue un aprendizaje hermoso, quizás el más bonito que he tenido, el privilegio de permitirme extrañarla.
Porque tirarme en el piso un viernes en la noche escuchando la música del 2000 nunca fue tan catártico.
La soledad forzada realmente fue la sanación social que necesitaba.
Susana Martínez Gómez
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