A Guillermo Cano Isaza lo conocí personalmente en 1975 con motivo de la realización del Primer Foro de la Unidad de la Costa Atlántica, celebrado en Cartagena de Indias.
Indias. Yo era colaborador de El Espectador en el Magazín Dominical y en la sección dedicada a la Región Caribe. Fui presentado a él por el gobernador Álvaro Escallón Villa en el castillo de San Felipe, donde tuvo lugar el coctel de inauguración del evento. Lo que más me impresionó fue la claridad con que se expresaba y, sobre todo, su sencillez. Yo me lo había imaginado una persona reservada, así que para mi sorpresa, enseguida entramos en franca conversación. Me dijo que había leído con mucho interés mi crónica sobre el desarrollo costeño y me invitó a seguir colaborando con el periódico como lo había hecho hasta ahora, prevalido de la verdad sin perjuicio de dar mi opinión sobre los hechos. Sin embargo, me comentó que yo debía ser más realista, pues ya no era posible desarrollar primero la agricultura y luego la industria como yo proponía en mi artículo, sino que había que impulsar el desarrollo simultáneo de ambos sectores. Cuando le comenté que el principal cuello de botella del sector primario era el latifundio, se mostró de acuerdo conmigo y agregó que, en efecto, el Pacto de Chicoral había sido un retroceso en el camino de la superación del subdesarrollo; pero sostuvo que, en su opinión, el principal problema de la Costa era la calidad de la educación, ya que sin calidad educativa no se podía competir en un mundo donde el conocimiento sería cada vez más importante y determinante.
Su asesinato once años después me produjo una especie de angustia existencial, pues me hizo dudar de la libertad de expresión en Colombia, duda que a partir de entonces no ha hecho más que acrecentarse. Hoy pienso que él no evaluó en su justa medida el peligro que se cernía sobre el país, peligro derivado del inaudito poder que iba ganando el narcotráfico en la vida nacional. Mi escepticismo sobre la libertad de prensa se convirtió en pesimismo cuando aconteció lo inimaginable: la quiebra y desaparición de El Espectador, víctima de su lucha contra la corrupción y el narcotráfico, ya dueño de Colombia. En lo que a mí respecta, dejé de escribir para la prensa en señal de protesta muda. Afortunadamente, el periódico más antiguo de nuestro país renació de entre las cenizas y se ha consolidado como la tribuna más importante del pensamiento progresista. Los amigos de la democracia y de la libertad tenemos en El Espectador una atalaya, un observatorio de la problemática nacional, como lo deseó siempre don Guillermo. Le deseamos al nuevo El Espectador otra vida centenaria y celebramos que su actual director haya hecho desaparecer el lunar que afeaba las páginas editoriales del periódico colombiano por excelencia.
Lacydes Cortés. Bogotá.