Con asombro, y sobre todo con mucha tristeza, leo en la sección “Alto Turmequé” del pasado 24 de agosto la nota titulada “Se le abrió la taza”, donde se menciona el apoyo que le pedí al Estado para dar continuidad a la serie Contravía, que dirigí durante los últimos 10 años y que quedó interrumpida con mi exilio, con la evidente intención de presentarme como un mercachifle.
Se lo pedí directamente a Paula Gaviria, directora de la Unidad de Víctimas, como parte del proceso de reparación que se viene adelantando desde hace más de dos años con un grupo de periodistas sistemáticamente perseguidos y amenazados como respuesta a nuestro trabajo profesional.
De otra parte, en la misma nota, y como para reforzar la imagen de oportunista que me quieren fabricar, se afirma que yo habría “exigido” ser ministro de Cultura, cosa que es absolutamente falsa. La idea del ministerio fue iniciativa de un grupo de más de 100 intelectuales y artistas, y no mía, y mucho menos exigencia.
Pero lo que más duele y lesiona mi buen nombre es el titular: “Se le abrió la taza”, que sugiere ambiciones económicas de mi parte por ser víctima. Nunca sugerí, pedí, ni mucho menos exigí al Gobierno el Ministerio de Cultura como contraprestación a más de 10 años de persecuciones, amenazas, exilios, campañas de desprestigio y afectaciones psicológicas impunes a mi familia, en especial a mis hijos menores de edad. Y si lo hubiera hecho, el titular debió haber sido entonces: “Se quedó corto”, porque nada nos devolverá la tranquilidad, la calma y los bienes perdidos durante esa década.
Esa persecución en mi contra aún no termina, y ahora la llevan a cabo mediante sofisticadas campañas de desprestigio en redes, de la que son portavoces algunos colegas que pretenden desconocer la tragedia familiar que han sido esa persecución y esas amenazas.
Quien tuvo la desafortunada idea de titular “Se le abrió la taza” evidencia una concepción errada de lo que una víctima supuestamente debe esperar en la reparación. ¿Cómo se considera la reparación de una víctima? ¿Qué es lo “proporcional” a su sufrimiento o en algunos casos a la pérdida de un familiar?
En las últimas semanas es clara la estrategia para graduarme como “víctima eterna” o, como dicen un dibujante y un locutor: “ha vivido de hacerse la víctima” y “hay gente que se autoamenaza para hacerse la víctima”.
No me ufano de ello, pero tampoco me avergüenzo ni escondo esa desafortunada condición que me dio el haberme jugado la vida desde el periodismo por un país mejor. No me canso de pedir justicia, verdad y reparación, y por ningún motivo dejaré que me nieguen mi condición de víctima y que irrespeten esa condición.
Hollman Morris. Bogotá.
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