Luce de maravilla la exultante marejada de jóvenes haciendo presencia —e historia— en las calles y plazas de ciudades y poblados, presencia que creíamos extinguida pues pasó mucho tiempo antes de que mostraran nuevamente el valor y la decisión que en buena hora hoy los acompaña, cuando de enfrentar a fuerzas oscuras o al Estado mismo, que en algún momento pretendieron conculcar los derechos que la Constitución les otorga, reaccionan con alegría y pundonor, dejando de lado la violencia.
No pensaron esos muchachos imponer por la fuerza —que sí emplea el Gobierno— las tesis que sostienen con vehemente inteligencia, sino que exigen ser oídos por los ciegos sordomudos funcionarios encargados de hacer aprobar a rajatabla leyes inconsultas y traumáticas, con criterios no siempre exentos de intereses creados.
Pero el pulso está echado, y los hábiles muchachos tienen ganada esta partida ante el tozudo e inteligente pokerista instalado en el solio de Bolívar. (Digo, el de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponce y Blanco; no el del galáctico paracaidista).
Lo máximo de esta demostración de inconformidad es que la variopinta masa humana está conformada por seres de todos los estratos sociales interesados en no cejar hasta ver absolutamente cumplidos los derechos que la Constitución contempló.
A esas maratónicas jornadas no deben concurrir, por obvias razones, los hijos de los altos funcionarios y empleados de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, ya que ellos desde hace nueve años se privilegian de una educación de alto costo —$27.000 millones anuales— a expensas del dinero público.
Estos abusos reeditados en muchas dependencias del Estado son los que, al tratar de compararlos con las ingenuas propuestas gubernamentales, desafían la credulidad de las intenciones, pues desnudan, como el bolero inolvidable de María Luisa Landín, una verdad amarga: a este país del Sagrado Corazón se lo engullen sin masticar unos desvergonzados avivatos incrustados en el pináculo del poder y diseminados por todos los órganos del “inviolable” cuerpo de la Patria.
Jóvenes estudiantes: ¡Aléjense de Pachito el electrocutador! Abrazatones y besatones es el nombre del juego.
Jorge Pimentel Briceño.
Cali.
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