El editorial del El Espectador del 26 de marzo, titulado “La vaca de la discordia en Antioquia”, pregunta ¿por qué rendirse en el objetivo de un diálogo productivo con el Gobierno nacional? La pregunta es lógica y la respuesta debería estar servida, pues en una democracia madura los niveles territoriales de gobierno deberían hacerlo de manera armoniosa y colaborativa, pero el mensaje que tenemos los colombianos es que esa disposición no la tiene Gustavo Petro ni siquiera con su mismo equipo de gobierno, mucho menos la va a tener con gobiernos locales, en especial en los departamentos donde la ciudadanía votante el 29 de octubre pasado les dijo no a candidatos afines a su ideología, siendo tal vez Antioquia el más llamativo, por el contexto del editorial.
Para dialogar se necesitan mínimo dos actores, y transcurrido casi el 40 % de este cuatrienio no advertimos en el señor presidente una disposición de hacerlo, así que una opción es llamar a la sociedad a que se movilice alrededor de propuestas y obras buenas, y las vías 4G lo son, así que no está mal la implementación de la iniciativa de la “vaca”.
Esas vías, que antes llamaron “autopistas de la montaña”, después fueron conocidas como “vías de la prosperidad” para terminar llamándose “vías de cuarta generación” fueron concebidas en el gobierno de Álvaro Uribe, y pese a las diferencias conocidas entre él y Juan Manuel Santos, que lo sucedió en 2010, este último no ahorró esfuerzos por continuar el proyecto, así hubiera sido necesario ajustarlo más al presupuesto y al cronograma de ejecución. Antioquia le reconoce a Santos ese detalle. Las vías son una necesidad no solo de Antioquia y Urabá, sino del Pacífico colombiano, con Buenaventura a bordo, del Eje Cafetero y la costa Atlántica, pues aquí se concentra el 12 % de la población colombiana y casi el mismo porcentaje de la economía, así que saldar ese pasivo de infraestructura vial era ya inaplazable para principios de este siglo.
Lo de “dialogar”, como lo pide El Espectador, queda aplazado hasta que a la Casa de Nariño llegue quien lo interprete como insumo para gobernar. Nuestro gobernador, Andrés Julián Rendón, le hizo el feo a confrontaciones inútiles y optó por pedir ayuda a los coterráneos y blindó las cuentas para evitar que entren dineros mal habidos.
La “vaca de la discordia” busca que los antioqueños nos reencontremos. Vencer las adversidades es parte de nuestro ADN. Recordamos cómo Virgilio Barco siendo presidente, entre 1986 y 1990, paró la construcción de nuestro metro, y sí, dolió, pero se terminó ese gobierno, llegó César Gaviria y le dio instrucción precisa a Ernesto Samper, a quien había nombrado embajador en España, de que viabilizara de nuevo el proyecto, y la vida premió a este último, pues como presidente, entre 1994 y 1998, le correspondió el inmenso honor de inaugurar la obra. Los gobiernos pasan, así que en Antioquia resolvimos avanzar a un ritmo diferente al que pretende hacerlo el “gobierno del cambio”.
“Si Antioquia resiste, Colombia se salva” no es un desafío al presidente, a su Pacto Histórico ni a su gobierno; es un llamado de esperanza a la Colombia despojada de los recursos de la nación para financiar sus obras: Colombia, que es más, muchísimo más, que su gobierno, tal vez más temprano que tarde nos lo agradecerá.
Norman Mesa Lopera
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