Sorprende que José Antonio Ocampo se sume al coro de apologistas de la «economía verde».
Recomienda en el artículo “Reinventando la economía” (¿No es un poco excesivo?) (El Espectador, junio 14) que “este concepto debe entenderse como uno de los elementos esenciales del desarrollo sostenible”. ¿Concepto? ¿Esencial? Hasta donde tenemos entendido no se trata aún de un concepto avalado por la academia sino de una idea más bien política puesta a rodar por el PNUMA, reciclada de Pearce, Markandya y Barbier (1989) y acicalada para Río+20: “Un sistema de actividades económicas que resulta en mejoras del bienestar humano en el largo plazo, sin exponer a las generaciones futuras a riesgos ambientales y escasez ecológicas significativas” (Panamá, 2010).
Que la política pública incorpore cuanto antes la relación economía y medio ambiente es una cosa (que Ocampo recomienda y me parece muy bien), pero otra algo distinta es que esta incorporación adopte como guía única la receta green economy, como da la impresión de sugerir cuando escribe que este concepto “es un avance importante en la concepción del desarrollo sostenible”.
Lo que se lamenta de Río+20 es precisamente que haya dejado de lado el examen de las propuestas alternativas del desarrollo (asunto que sólo se hará en la Cupula dos Povos) y acoja a rajatabla la letra del PNUMA. Se insiste en una lógica económica neoclásica que ya fracasó, puesto que no es posible mercantilizar los bienes públicos como la naturaleza. Si le damos respiración artificial al desarrollo sostenible con propuestas de este tipo, como hará Río+20, probablemente alcancemos los 2 grados del cambio climático antes de 2050. Y la diplomacia internacional ahí, elusiva con el tema, ese sí esencial, de la estructura del modelo.
El doctor Ocampo sabe de esto como el que más, yo no mucho, de manera que me gustaría saber si leí mal, porque si leí bien: ah sorpresa.
Manuel Guzmán Hennessey. Director general, KlimaforumLatinoamérica Network
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