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La fragilidad de nuestro pasado

22 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

En una enciclopedia española de los años sesentas, en mis tiempos de estudiante, leí una biografía de Oscar Wilde que más bien parecía un panfleto lleno de improperios personales y de ataques a su obra literaria.

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Por la misma época, ya en mi adolescencia, la definición en un texto de historia universal de la comuna de París, como “una insurrección de asesinos e incendiarios”, me valió un enfrentamiento con el profesor de dicha asignatura.

En columnas recientes, Juan Gabriel Vásquez y Óscar Guardiola llaman la atención, el primero, sobre “la terrible y temible fragilidad de nuestro pasado y la necesidad de nuestra constante vigilancia” y, el segundo, sobre “los quemadores de libros”, a propósito de la prohibición de la enseñanza de los “estudios étnicos” en el estado de Arizona en los Estados Unidos. Ambos columnistas comentan irónicamente el cambio de nombre en los textos escolares de la historia de Chile del término “dictadura”, en tiempos de Pinochet, por las dos palabras de “régimen militar”, que según las autoridades educativas es más general.

Los que nacimos en la segunda mitad del siglo pasado pudimos ver en diferentes documentales la pira gigantesca de libros ardiendo en alguna plaza de Berlín en la época hitleriana y también, por televisión, los feroces bombardeos a la Casa de la Moneda en Santiago de Chile con la posterior muerte de un presidente elegido democráticamente. La prohibición de los llamados estudios étnicos en Arizona nos sorprenderían de verdad si no supiéramos, como lo sabemos, de las barbaridades de Abu Ghraib, Guantánamo o de los marines orinando sobre los cadáveres de cuatro seres humanos en Afganistán y del sniper que se ufana de haber asesinado más de doscientas cincuenta personas en Irak. Al fin y al cabo, los gringos mientras se cuecen en su propia salsa, continúan proclamándose descaradamente campeones de la democracia universal.

Ojalá sirvan “Nuestra frágil historia” y “Los quemadores de libros” como reflexión para los que todavía en Colombia hablan de “dictablanda” en vez de dictadura y para quienes han querido inocularnos el virus de la “peste del olvido” en los textos escolares y publicaciones en general, cambiando de la frágil historia colombiana reciente aquellos términos como exterminio, genocidio, masacre, desaparición forzada, secuestro, ejecución extrajudicial, por eufemismos, mentiras descaradas y verdades a medias… Afortunadamente, como escribió alguna vez el poeta uruguayo Mario Benedetti: “El olvido está lleno de memoria”.

Walter Castaño Zapata. Manizales.

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