Es clave, dice el profesor Francisco Gutiérrez Sanín (“Comienzo feliz”, El Espectador, 07/10/2022), “desarrollar una política que evite dos despeñaderos: la proliferación descontrolada de economías ilícitas y la recaída en la solución represiva con todo el salvajismo que implica”. Legalizar, regular y gravar la producción y distribución de la cocaína, una solución “complicadísima” de desarrollar por su afectación a los intereses económicos de muchos grupos —tanto legales (los miles de funcionarios de la DEA que viven de la guerra, los fabricantes de insumos y armas, los dueños de las cárceles en Estados Unidos) como ilegales—, es la solución y no el despeñadero en que estos intereses han luchado por convertirla. Despeñadero que sí ha sido una guerra cruel, destructiva e ineficaz que en más de 50 años no ha tenido un solo resultado positivo y sí ha erosionado inmensurablemente la cultura campesina, las instituciones públicas y privadas, y ha causado un daño enorme a la sociedad colombiana.
En solo 13 años (de 1920 a 1933) Estados Unidos —un país tan conservador y seguro de sus instituciones que ha incorporado solamente 27 modificaciones a su única Constitución en 233 años mientras que Colombia, modelo de estabilidad constitucional en América Latina, ha tenido por lo menos siete constituciones, amén de cientos de reformas en 212 años— introdujo dos modificaciones a su Constitución: la primera para prohibir el alcohol y la segunda para rebatir dicha prohibición y evitar “la proliferación descontrolada de economías ilícitas y la (re)caída en la solución represiva con todo el salvajismo que implica”. Prohibir el alcohol (en 1920) fue, en su momento, una solución indispensable para combatir el daño social causado. Aceptar que su prohibición causaba un daño mucho más grave fue, sin duda, una solución no tomada a la ligera. Los 89 años que han transcurrido desde la relegalización del alcohol demuestran que, ante la imposibilidad de modificar el comportamiento humano frente a las drogas, no queda otra solución que legalizarlas.
El National Institute on Alcohol Abuse and Alcoholism, de Estados Unidos, indica que cada año mueren más de 95.000 personas por causas relacionadas con el consumo de alcohol y que causó más de 10.000 muertes por accidentes de tráfico. Si bien no es despreciable la cifra de 20.000 muertes anuales (ver National Institute on Drug Abuse) asociadas con el consumo de cocaína, solo 5.000 de estas víctimas consumieron únicamente cocaína (el resto consumió otras drogas simultáneamente), es insignificante comparada con las cifras asociadas con el consumo del alcohol y el sacrificio impuesto a las sociedades de los países de América Latina.
Estas cifras muestran la exigencia de reconocer la hipocresía de la guerra. La regulación, educación sobre su consumo y oferta de tratamiento para curar el abuso de las drogas son mucho más baratas y efectivas que la prohibición y la represión. Los beneficios asociados al término de la guerra superarán los perjuicios causados por ella.
Ricardo Gómez Fontana. Guapi, Cauca.
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