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La mutabilidad de un virus violento

03 de marzo de 2024 - 09:00 p. m.
Monumento a Simón Bolívar en Moscú – «El bolivariano odia la democracia»: Diego Acero
Foto: EFE - MAXIM SHIPENKOV
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¿Cuál es el objeto de escribir acerca del bolivarianismo hoy en día? ¿No se supone que quien se suscribe a aquella “doctrina” es una minoría en tal caso? Digo entonces que el objeto de escribir sobre esto no debe ser otro que el de un intento de acercamiento a las raíces del pensamiento en Colombia, afirmando que en esta doctrina viral se encuentran las raíces de este, a pesar de que, a ojos de muchos, sea una doctrina obsoleta.

Se le atribuyen las siguientes cualidades al bolivarianismo: primero, la mutabilidad; es decir, el cambio adaptativo; segundo, la condición de entidad viral, y por último, la violencia. ¿Cómo se conjugan entonces estos tres predicados? Se conjugan a modo de un virus que utiliza la mutabilidad como medio de esparcimiento o supervivencia, junto con la violencia, siendo esta última la característica más esencial del virus, la cual siempre permanece. ¿Cómo debemos entender esta violencia? Como el medio que utiliza el bolivarianismo para imponer sus ideas, en un sentido viral, como su propósito vital principal.

El bolivariano odia la democracia: “Bolívar, quien fue solamente un guerrero, tuvo solo tres piezas importantes que son tres proyectos de constitución que fracasaron. Aprobadas a los pupitrazos bajo presión de su presencia”, como bien nos señala Germán Arciniegas.

La variante de este virus que muda de nombre pero que utilizaba medios violentos para perpetuarse fue el llamado conservatismo y una variante de izquierda: el chavismo. Ambos temiendo a la democracia y, al igual que Bolívar, solo viendo en ella un estorbo para la perpetuación de sus ideas.

Laureano Gómez, fiel representante del Partido Conservador del siglo pasado, al igual que su maestro Bolívar, arremetió contra la memoria del hombre de las leyes. Esta situación representa un enfoque interesante del enemigo del bolivariano: la democracia. Sírvase como ejemplo de esto la siguiente carta de Francisco de Paula Santander a Bolívar: “Hoy, dos estamos colocados en contradicción legal; usted puede hacerlo todo sin obligación de responder de nada, y yo no puedo hacer sino lo que me prescribe la Constitución, so pena de que de hecho y de derecho me sumerja en un océano de oprobio y detestación”.

En todo caso, encontramos un rastro fundacional de la violencia como medio para perpetuar las ideas de la mano del bolivarianismo. De manera similar, observamos este patrón en los movimientos izquierdistas que se proclaman bolivarianos, los cuales pocas veces o nunca discuten en democracia y simplemente arremeten o se imponen.

A modo de conclusión, en una carta dirigida a Luis Tejada, Gaitán señala: “Los partidos políticos no pueden concebirse como la deducción de una premisa intocable (…) La destrucción de la lógica deductiva ha de ser el primer cuidado de todo partido. Aquellos, para que representen un valor efectivo, han de ser inductivos”. El valor efectivo, aquí radica la esencia de la divergencia: el valor efectivo frente a la repetición continua de una fórmula putrefacta, pero funcional. En el caso del bolivarianismo y sus variantes, su modus operandi se sustenta en la mutabilidad, cambiando así de nombre y forma constante, y en la perpetuación a través de la violencia. Estas entidades virales detestan la democracia, ya que esta enterraría su razón de ser. La supervivencia y la duplicación son prioridades para estas entidades, incluso a costa de sus huéspedes o “seguidores”, vistos meramente como instrumentos del partido y no como el fin del mismo. En última instancia, su “valor efectivo” particular reposa en la obediencia, el temor a la autoridad y a su “presencia”, más que a cualquier otra cosa.

Diego Acero

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