La Policía y el aborto
La neutralidad religiosa de un Estado laico no lo separa de la defensa de la vida, del derecho a nacer, en esta realidad donde posturas ideológicas e intelectuales priman más que el amor mismo a la vida, que no depende de credos ni de minorías, ni de movimientos e incluso de instituciones, sino que es parte de la misma naturaleza amorosa y compasiva que es inherente a todo ser humano. En esto coinciden los credos religiosos y, por reducir el aspecto religioso o espiritual al ámbito privado, no deja de tener un valor en la humanidad. Debemos preguntarnos si, cuando hablamos de los derechos de minorías, éstos deben prevalecer por encima de la vida de otros. La defensa de la vida no tiene sólo que ver con posturas religiosas: la supuesta objetividad racional, que parece sacada de un laboratorio, donde las leyes surgen separadas de toda influencia religiosa nos ha hecho pensar que los valores humanos son diferentes en este Estado laico. El supuesto progreso, etiquetado de intelectual, ha hecho que sigamos dependientes de movimientos e ideologías importadas que nunca nos llevan a nada.De ahora en adelante hay que mandarlas a sus países de origen, ¿o acaso nos queremos unir al genocidio de los 20 millones de seres humanos que se abortan al año sólo porque las esferas intelectuales de los derechos de las mujeres nos convencieron de que el derecho de su cuerpo prevalecía sobre la vida de los niños?La unidad de muchas instituciones del Estado con la Iglesia católica de la noche a la mañana no iba a cambiar solamente porque la Constitución del 91 declaró a Colombia un Estado laico. La tradición y la cultura de una institución, en este caso la Policía, siempre ha estado en comunión con la Iglesia: lo dice su lema, “Dios y patria”. No podemos ahora venir a juzgar a la Policía porque fundamente sus valores en la espiritualidad católica. Las instituciones se componen de personas y las personas enriquecen su vida y sus costumbres con las vivencias de una institución que ya forma parte de sus vidas. Dejar de lado lo que es parte de su pensamiento y lo que los fortalece como institución, sólo porque muchos necesitan justificarse en la ley para calmar sus conciencias, no es el camino a seguir si nos adentramos en la espiritualidad cristiana. Jesús nos enseña que seguir la ley nos ha hecho olvidarnos de la misericordia y del amor, describió el presente con palabras dichas hace más de dos mil años, por eso las leyes revelan la dureza de nuestro corazón, en el país del Sagrado Corazón de Jesús.
Adolfo Orozco Ortiz
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