La señora Martha Ordóñez sigue luchando por la erradicación de la violencia contra niños, niñas y mujeres en general. Merece el respeto de la sociedad. Normas de toda clase son literatura ilusa frente a la realidad nacional. La norma constitucional que exige cero violencia intrafamiliar y cero violencia contra las mujeres es letra muerta frente a la cultura musical que invita a violarlas, a disfrutarlas, a presentarlas como seres inferiores. Pocas veces al mes se recuerda que toda forma de violencia en la familia es destructiva de su armonía y unidad, y en cambio a cada minuto se transmiten mensajes orales, escritos, pictóricos, que promueve el machismo, piden a la mujer que obedezca al marido, que compita con él en el consumo de licor, en la grosería, en la pérdida de la estima.
La señora Martha, en Un chat con… El Espectador, considera que la llamada Ley Rosa Elvira Cely ha dado resultados porque han sido condenados 50 autores de feminicidios. Como ninguna ley es retroactiva, quiere decir que estos delitos han aumentado y que la ley no ha servido para formar barreras morales, talanqueras de temor para que se minimice la violencia contra las mujeres. Si una ley no tiene como efecto el restablecimiento del orden social, del respeto a la vida integral de las personas, no cumple su cometido. La señora Martha afirma que no hay suficiente pedagogía sobre violencia de género y que en ese proceso las instituciones educativas son fundamentales. Tiene parte de razón. La educación en estos casos debe sembrarse en la familia, pero qué difícil porque la familia de hoy es foco de violencia y en especial jurídica, porque las parejas se trenzan en pleitos de alimentos, visitas, custodia, violencia intrafamiliar, y los hijos crecen en focos de toda clase de violencia. Cómo nos hace falta la educación integral para la vida en familia.
Hay que comenzar por tomar soluciones que permitan reducir los delitos de violencia. Planeación demográfica, progenitura responsable, ejemplo en el hogar, educación informal por parte de una sociedad que debe ser respetuosa con sus menores de edad. Y que cese la violencia en todas sus formas, las ofensas, la siembra de odios, los retos entre las personas que deben dar ejemplo de cordura. No es posible terminar una guerra que destruye vidas físicas para reemplazarla por una que destruye vidas morales. Nuestros menores de edad y nuestras mujeres y también nuestros hombres merecen todo el respeto y consideración de una Colombia que resurge de sus cenizas. Como el ave fénix.
Carlos Fradique-Méndez.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.