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Leer la tecnología

20 de mayo de 2015 - 11:00 p. m.

Su consigna editorial (El Espectador, mayo 18/15) de “leer la tecnología” desde las disciplinas humanísticas tiene una larga historia.

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En la Grecia clásica se plantearon fundamentos claves. Protágoras escribió otra consiga que viene como anillo al dedo: “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”. Aristóteles y otros dedicaron grandes esfuerzos para definir y diferenciar —o acercar— ciencia (épistémè) y técnica (tékhne), y valorarlas epistemológica, ética y socialmente. Para los griegos pensar en reemplazar y superar a la naturaleza (physis) mediante procedimientos técnicos era pecado de desmesura (hybris). Ni hablar de las formulaciones que se hicieron al respecto en “la gran claridad” de la Edad Media, cuando brilló la cultura árabe-islámica que interactuó en forma ejemplar con la cristiana y la judía en el contexto de la escolástica y las universidades. Los siglos del Renacimiento y el Barroco presenciaron notables avances en las artes plásticas, las ingenierías, los descubrimientos geográficos y la Scienza nuova de Galileo y Newton, además de la ética del trabajo y de las profesiones con la Reforma, etc. No faltaron las utopías que exaltaban —o criticaban— estos procesos, como fue la Nueva Atlántida de Bacon. Y Gargantúa (Rabelais) advirtió que “Ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma”. En tiempo ilustrados la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert unió y promocionó bellamente, relacionándolas, las artes plásticas y las artesanías, las ciencias y las técnicas, con sentido de critica cultural y política.

Consolidada la Revolución Industrial, Marx dio el gran paso. Definió a ésta como el momento en que la ciencia se convertía en una fuerza productiva: su aplicación generaba más producción y más productividad; más lucro en un lado y más dolor y pobreza en el otro. Desde entonces ciencia y técnica se comunican orgánicamente mediante procedimientos de ingeniería a los que llamó tecnología. Lo paradójico era que todas estas conquistas tecno-científicas, logradas no por una clase social sino por toda la humanidad, cayeron bajo la propiedad privada, generándose una contradicción de fondo en el régimen social y productivo que las permitía, el capitalismo. Esa contradicción entre conquistas humanas colectivas (“fuerzas productivas” fruto, en gran medida, de las ciencias y las técnicas) y apropiación privada ligada a la reproducción incrementada y monopolística de lo producido convertido en capital (gracias las “relaciones de producción” que conlleva) marcarían la historia de este régimen que ha demostrado una larga y “exitosa” vida gracias a su dinámica interna y a la coerción y la persuasión que despliega sobre las poblaciones mediante aparatos militares, propagandísticos, educativos, ideológicos de Estado y privados, etc.

Y claro que es importante mirar desde todas las disciplinas sociales y humanísticas (incluida la filosofía) este tema de la ciencia y la tecnología (hoy se habla de tecnociencias), de sus interrelaciones, sus efectos cada vez más drásticos sobre individuos, colectivos sociales y medio ambiente, así como sobre la vida social y la economía en general, en su presente y su futuro. Pero mientras subsista la contradicción que caracteriza el capitalismo no habrá salida efectiva, sólo re-acomodamientos pasajeros, espejismos y amenazas. La disyuntiva es, entonces, el cambio profundo del régimen social y productivo de la sociedad capitalista o la destrucción del planeta en un escenario apocalíptico. Los poderes se la juegan por el Apocalipsis con tal de no ceder privilegios y ganancias. Pero mientras se supera la herida original del sistema para no caer en la catástrofe planetaria necesitamos más humanidades, más filosofía, más estudios sociales de ciencia y tecnología, más bioética laica, más apoyo a la investigación y la docencias en estos campos. ¡Y no olvidar el arte y la literatura!

Néstor Miranda.
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