Ciertamente, cuando de humanos hablamos no se podrá dar por concluida ninguna postura, mentalidad o criterio. Podríamos decir que lo más cierto en lo que hemos desembocado después de siglos, de grandes avances y descubrimientos, de dos guerras mundiales y un sinnúmero de guerras a menor escala, del judaísmo y el cristianismo, del oscurantismo y la Ilustración, de la resurrección, la reencarnación y la cienciología, entre muchas otras cosas, es que aún no hemos llegado y tal vez nunca lleguemos a dar por concluido algo y emitir un juicio que trascienda los siglos —o puede que sí—.
Desde los primeros hombres hasta nuestro tiempo, hemos venido aprendiendo del error. De error en error hemos llegado a algunos descubrimientos importantes y desde siempre hemos querido también encuadrarlo todo porque se nos enseñó que la armonía y el orden son propios de lo bueno, de lo bello, de lo divino. En consecuencia, aparecieron los llamados dogmas —en el peor de los panoramas o al menos eso creemos nosotros hoy, pues está claro que nadie de otra época puede ni debe juzgar la historia, sencillamente porque sus criterios y sus máximas o estructuras mentales son otras muy distintas a las de dicha época—.
Los dogmas no son otra cosa que “verdades reveladas”, para darles peso y que logren la categoría de trascendentes. Estas revelaciones no han sido solo en el ámbito religioso, también en el ámbito intelectual y hasta en el científico y político, y se podría decir que en todas las esferas de la sociedad. Por ejemplo, se pretende que la democracia, cuyas bondades hoy en día pocos discuten, también sea así de buena y suficiente en el futuro, con todo lo desconocido que el futuro es para nosotros hoy, aun cuando ahora sabemos que lo que no tenemos probablemente son los instrumentos adecuados que nos permitan ver la realidad desde otra perspectiva o de otro modo.
Teólogos, filósofos y científicos durante toda la historia de la humanidad han intentado absolutizar teorías y condenar a quienes osan contrariarlas. Ya conocemos bastantes casos así y también ha habido adeptos para cuantas posturas se quieran imponer, y entonces hablamos de los lados de la historia, del lado “correcto” o “incorrecto” de la historia. También hay quienes tildan todo de ciega y total relatividad, un intento de conciliación que indefectiblemente terminará en confusión y desmoralización. Puede que también tengan un poco de razón, el hombre ha pervertido hasta a Dios, en caso de que él exista.
¿Será que algún día podremos tan solo aprender a escuchar sin prejuicios, a dar el beneficio de la duda, a abrir la mente y deshacernos de nuestros propios preconceptos? Aun cuando habiendo escuchado al otro con libertad y apertura este no logre convencernos, ¿podremos aceptar que al menos tiene el derecho a pensar de ese modo y de expresarlo? Porque lo que hoy nos parece lógico e infalible mañana puede que no lo sea tanto o sea totalmente diferente.
Daury Jiménez.
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