No solo por los momentos felices que pasaban en el colegio, compartiendo con amigos, jugando, sino por la necesidad de formación en diferentes áreas, todos los niños deberían estar asistiendo en forma presencial a sus colegios, jardines o escuelas. Se nos vino de pronto con la fuerza de un tsunami una pandemia que nos impuso a todos un confinamiento “eterno”, en donde toda la rutina de vida diaria escolar se redujo a las pantallas, obligando a que la virtualidad se apodere de esa necesidad de continuar escolarizando a los niños. Sin previo aviso, sin la más mínima preparación de parte y parte (alumnos, profesores y padres), sin las herramientas básicas ni condiciones óptimas en la mayoría de los hogares, se ha tenido que continuar el año escolar.
En este momento el seguimiento de los currículos académicos para dar por culminado “satisfactoriamente” el año escolar está llevando a miles de niños a tener exceso de tareas y de guías que, sin una orientación, instrucción o aclaración, no ofrecen una oportunidad de aprendizaje coherente, acorde con sus necesidades intelectuales, emocionales y de desarrollo.
Con una instrucción virtual, en algunos casos, de media hora cada 15 días, en el caso de los colegios públicos, ¿qué capacitación puede proporcionarle a un niño de 8, 9 o 10 años un profesor, respecto a todos los temas que se deben tratar? ¿Qué sentido tiene, me pregunto, hacerles llegar un sinnúmero de guías con problemas y ejercicios de las diferentes materias para que “desarrollen” en sus viviendas, en la mayoría de los casos a través de un celular de baja gama y con precario acceso a internet? ¿A qué los están empujando? A “pasar el tiempo”, a hacer copy-paste de Google, a responder sin aprendizaje ni comprensión, a no tener correspondencias básicas ni a adquirir habilidades y herramientas elementales para su futuro. ¿Se está ejerciendo a conciencia y con coherencia la enseñanza en este momento?
Los currículos se conciben, aparentemente, como documentos que determinan objetivos que tienen que alcanzar los alumnos a través de diversas actividades que se deben llevar a cabo en los salones de clase al interactuar con los profesores. A ellos se les pide renovarse, ser creativos, dinámicos y motivadores para enganchar así a los estudiantes, poder formar una unión entre unos y otros, y lograr dichos objetivos.
¿No sería la oportunidad para proponer una reforma a los currículos del año entrante, con la participación no solo del Gobierno, sino de estudiantes, padres y profesores? Ya que innegablemente las destrezas y los conocimientos con los que llegarán los estudiantes al siguiente nivel van a estar muy por debajo de lo esperado y los objetivos seguramente no van a ser cumplidos como se esperaba para el año escolar 2020.
Los niños y jóvenes que ya de por sí estaban en desventaja debido a condiciones de pobreza, conflicto o discapacidad seguramente no llegarán con las competencias necesarias para enfrentar un nuevo año académico; los resultados serán funestos, sin haber tenido la posibilidad de un año escolar presencial, ya que la virtualidad no logrará su misión.
¿Todos estos meses de “educación virtual” no habrán sido simplemente una farsa?
Madeleine Bock. Bogotá.
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