A propósito del artículo “¿Por qué el tranvía no es una opción?”, de Luis Alberto Correa (El Espectador, enero 11), ¿por qué no hablan claro, por qué no hacen una investigación rigurosa y seria, ya que el problema del transporte en Bogotá y en Colombia no es otro que las mafias que durante años han controlado el transporte? Porque no hay trenes en Colombia y mucho menos trenes eléctricos, ni metros en las grandes ciudades, pero sí muchos estudios y estudios sobre los estudios para que al final no se construya nada pero sí se roben la plata.
Decir que una ciudad como Bogotá y sus municipios aledaños, con cerca de 10 millones de habitantes (mercado cautivo), no tienen un mercado rentable para un sistema público de transporte basado en metro y tren de cercanía eléctrico es una estupidez. A no ser que los que lo dicen tengan intereses en las mafias que durante años han desangrado económicamente a la ciudadanía.
Puedo apostar que llegará el 2030 y no habrá metro en Bogotá, que las salidas a Tunja, a Medellín, a Girardot estarán más y más insoportables. Si no, comparen cómo eran antes y cómo están hoy. Bogotá es una ciudad que en aspectos como el transporte público no avanza; al contrario, retrocede.
José Reyes, Nordik Institute,
Algoma University. Ontario, Canadá.
“A aprender latín”
En su columna de El Espectador “A aprender latín, muchachos”, del 13 de enero, Patricia Lara nos invita a repasar el latín para poder entender el mensaje de Timochenko. Repasé entonces las letanías, “Mater inviolata, Mater inmaculata, Virgo prudentíssima, Virgo veneranda”; el aviso espectral del Cementerio, “Expectamus resurreccionem mortuorum”, y hasta el “Agnus Dei qui tollis peccata mundi” para concluir que la homilía de Timochenko es un llanto imprecante por haber sido expulsados de su paraíso, el Caguanis Caquetensis.
Cuando lamenta que se aplauda la expulsión del Paraíso y se pregunta “¿estarían Adán y Eva resignados a que se les condenara para toda la eternidad?”, en realidad emplea una metáfora para referirse a Tirofijo y Sonia, que salieron del Caguán como almas que lleva Satán, al tiempo que parece recordar el último lamento del comandante con el sermón del fraile Montesinos: “Ego vox clamantis in deserto”.
Pero Timochenko no se despide sin antes recordarle a Santos (tu solus Sanctus, parece decirle) que debe retomar la agenda enredada en una cerca del Caguán porque de lo contrario estaremos condenados a “esta Troya sangrienta que sin toma de Ilión se apresta a repetirse”. Troya e Ilión son nombres de la misma ciudad. La Iliada cuenta la guerra de Troya, pero aquel “sin toma de Ilión” ¿querrá decir guerra sin final? Et in terra pax, pide el pueblo, et non plagium, Timus.
Samuel Camargo Hidalgo. Girardot.