Cartas de los lectores.
A estas alturas lo más significativo a registrar tras la muerte de Nelson Mandela es una oleada universal de hipocresía y manipulación. A escala internacional se puede empezar por el primer ministro británico Cameron, dando grandes pésames y lamentos, sin haberse arrepentido de haber viajado a Sudáfrica, con Mandela preso, para boicotear su movimiento. Por no hablar de su antecesora Margaret Thatcher , llamándole terrorista repetidas veces, con su colega Teddy Taylor declarando en sede parlamentaria “a Mandela habría que pegarle un tiro”, mientras las juventudes conservadoras lucían en sus congresos un simpático botón publicitario: “¡Colgad a Nelson Mandela!”.
No hace falta extenderse con Reagan o con la CIA, intentando capturarlo irregularmente después de su libertad, tras 24 años de cárcel. O, en general con la comunidad internacional, declarando al fin sanciones contra el apartheid, pero no aplicándolas en la realidad.
En Colombia, ríos de tinta estos días con esta gran figura “irrepetible”, olvidando el detalle de que fue un jefe guerrillero radical, que si bien supo prescindir de cualquier venganza y entender a partir de un momento histórico que la revolución ya es sobre todo aplicar profundamente la democracia y sus ideales de igualdad, en su primer discurso en Ciudad del Cabo, tras su liberación, razonó que “la lucha armada fue una mera reacción ante la violencia del apartheid”.
Jamás un Timochenko en el Congreso, pero qué pena y qué dolor por la muerte de quien, sin abjurar de sus ideas llegó a presidente de Sudáfrica, cuando aún los archivos policiales de todo el mundo tenían clasificado como “terrorista” a su movimiento político.
A registrar también una cierta hipocresía social difusa: Mandela no era un hombre de carne y hueso, fire en sus convicciones, a veces equivocado en sus contradicciones… enemigo de que se le idealizara (prohibió, poco antes de su muerte, a sus nietas una empresa de merchandassing para explotar su imagen). Se trataba de un santo, como alguien ha dicho estos días, un ser inalcanzable en su virtud, un Gandhi: Así que “podemos seguir comportándonos como miserables en cuanto pase este luto universal”.
Antonio Albiñana. Bogotá.
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