La prolongada desconexión de la clase política y dirigente con las necesidades prioritarias de los ciudadanos y la no exigencia de éstos, en este caso, del transporte y la movilidad en el Distrito Capital, ha sido descomunal, corrupta y muy dañina para los intereses de la ciudad, con sumo perjuicio del bienestar ciudadano.
Desde hace décadas, la capital ha sufrido el grave problema de inmovilidad y mal transporte, debido a la falta de políticas técnicas, serias, a largo plazo, ajustadas al plan de organización territorial, primando el metro, abastecido por las distintas movilizaciones, desarrollando un sistema integrado de transporte para solucionar tan inmensa problemática.
Este proyecto se construirá por etapas. El costo, 15 billones de pesos, iniciales, con una extensión de 27 kilómetros de línea 1, sur-norte, cien por ciento subterráneo, estará financiado por el Gobierno Nacional en un 70% y en un 30% por el Distrito. En estudios se han invertido 100.000 millones de pesos. La construcción de un metro aéreo en lugar de subterráneo traería menos complejidad y menor costo. El primero podría salir a 50 millones de dólares por kilómetro. El subterráneo, a 283 millones de dólares por kilómetro. Grande diferencia digna de valorar. La escogencia del tipo de metro, para otros tramos, será materia de estudios entre expertos.
Esta megaobra macroeconómica requiere del esfuerzo nacional para su financiación y es la más necesaria a nivel de infraestructura del país. No se puede continuar con políticas, carentes de planeación a futuro, permitiendo un flujo de automotores destructivos del medio ambiente y sin eficiencia movilizante. Bogotá, en la última década, aumentó sus carros de 400.000 a 1’400.000 y las motos de 16.000 a 400.000. La requerida congelación vehicular de particulares y taxis debe examinarse. Imposible mantener una infraestructura vial que cubra con eficiencia la ambiciosa acumulación del capital por superproducción de automóviles y la vanidad de cada habitante. La tendencia universal es reducir el transporte particular y de baja capacidad en pasajeros para fortalecer el transporte masivo, ecológico y rápido. Esta crisis capitalina no acepta argumentos presupuestales de altos costos, ni por incomodidades de trabajos a largo plazo. La inmediatez a la solución de la angustia y el ultraje que padecen los pasajeros debe de ser definitiva y prioritaria.
Ómar León Muriel. Bogotá.
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