Más allá del cambio climático, de fenómenos (¿asociados?) como El Niño o La Niña, y sin adentrarnos en sus múltiples causas —mayormente de carácter antropogénico—, resulta inadmisible, paradójico e incluso vergonzoso que estemos padeciendo una sequía de tan inconcebibles proporciones. Impensable en Colombia, uno de los países con mayor densidad a nivel mundial de ríos por área.
En nuestro afán por el preciado líquido nos hemos acostumbrado a interpretar “acueducto” como “planta de tratamiento”, establecimiento que confiere al agua las condiciones necesarias para el consumo humano. Esto ha sido aprovechado durante décadas por la corrupción, prometiendo agua potable sin asegurar antes la materia prima, el “agua dulce” vital para variadas actividades humanas y que puede potabilizarse a nivel doméstico en pequeñas cantidades. Ignoramos además —o se nos oculta— que los mayores consumidores de agua son la agricultura y la industria, que no requieren del mismo grado de pureza que para el consumo humano directo y como si fuera poco son las que más contaminan las aguas residuales con agroquímicos, pesticidas, metales pesados y otros venenos difíciles de eliminar.
En 1993, y luego en 2011, presenté al Premio Planeta Azul del Banco de Occidente un proyecto titulado “Recolección plúvica: un sistema de contingencia”, en el cual analizaba los regímenes de lluvia en el país y planteaba mediante una sencilla metodología la pertinencia de acopiar las lluvias en casi todas nuestras ciudades durante los períodos invernales para usarlas luego en tiempos de sequía. Proponía además unas “utopías hídricas”, como crear auténticas fábricas de agua en el Chocó, una de las regiones más lluviosas del globo, y la instalación de una “interconexión hídrica nacional” como se hace con la energía eléctrica o con la red de oleoductos y gasoductos que cubren casi toda la geografía nacional a lo largo de miles de kilómetros. Podríamos hacerlo por tuberías y con tecnologías avanzadas, preferiblemente renovables, como bombeo con energía eólica o la misma hidráulica tomada de los ríos directamente (tengo diseños propios para tal efecto) para llevar agua de las regiones con superávit hacia aquellas más necesitadas.
Con estas acciones y muchas más, como efectiva protección de las cuencas y educación para la economía de recursos, Colombia aseguraría no sólo su autosuficiencia hídrica sino que podría ser en un futuro no muy lejano exportador de un bien imprescindible para la vida.
Jorge Villegas Gómez. Manizales.
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