Arriesgo una respuesta a su editorial titulado “¡Bienvenido el servicio social para la paz!”, y empieza por decir que se queda demasiado corto en sus argumentos —quizá por aquello de no sobrecargar al lector—. En este sentido, pretendo añadir algunas ideas “de refuerzo”.
Se resalta que la mayoría de reclutados son de las clases menos favorecidas y en otro apartado se dice: “Hay que cambiar dinámicas de los tiempos de guerra, como la idea de que lo único que pueden aportar los jóvenes es su vinculación al Ejército”. Eso me lleva a recordar: en algún momento supe de un muchacho que, mientras estaba en internamiento preventivo por algunos delitos, afirmaba que de adulto quería ser policía de tránsito, pues “ahí es donde está la plata”, sin referirse, lamentablemente, a la forma “oficial” de ganarla.
Sí, algunos alegarán que no es lo mismo, que cómo meto a delincuentes e institucionalidad en el mismo costal, pero no es tan simple: la historia del adolescente sigue con otras palabras de otros internos, frases como: “Es que nosotros somos es bandidos”, “no sabemos hacer otra cosa”. Así, todo nos lleva a que la mayoría de los más desamparados pueden fácilmente ver su único futuro en la toma de armas o la violencia, de cualquier bando, con todo lo que ello implica.
“No hay que temer al debate sobre cómo llegan los colombianos a formar parte del Ejército”, dice el editorial de El Espectador. Sí, con toda la polémica y polarización que pueda generarse, para llegar, en efecto, a redescubrir aquellas otras opciones diferentes a las bélicas, para construir país.
Por otro lado, aunque el conflicto en Colombia haya cambiado y “no estamos en tiempos de guerra que justifiquen una circunscripción obligatoria”, según el editorial, el problema seguirá requiriendo perspectivas éticas, humanistas, que reconozcan la urgencia de la paz total. Aquí me gustaría acudir a algunas palabras ajenas que contribuyen a la reflexión de los posibles lectores:
“Las guerras no se ganan ni se pierden, solamente se sufren. Y todo el que ha estado en una guerra, así salga ileso, es un herido de guerra (…) los que se matan entre sí ya no se conocen, ni siquiera se ven y por lo tanto no pueden siquiera odiarse”. Santiago Gamboa. La guerra y la paz.
“Que todo hombre llamado a servir bajo banderas se pregunte si el ejército de su país es realmente el defensor de la nación (…) Cuando un ejército traiciona su razón de ser —la defensa militar del Estado— para infamarse con actos criminales, ya no está al servicio de la patria. En tal caso, el deber de obediencia no podrá acatarse sin manchar la conciencia y perder el honor”. Mario Madrid-Malo. Estudio sobre la objeción de conciencia. Defensoría del Pueblo.
Ojalá nuestros futuros soldados, aquellos que lo serán por vocación y elección, aprendan realmente a preguntarse quiénes están del otro lado de la batalla, a reconocer hermanos de país, seres humanos que, como ellos, merecen oportunidades. Ojalá lo haga cada joven en su servicio social para la paz. Ojalá lo puedan hacer los menos favorecidos antes de considerar sus opciones. Ojalá lo hagamos todos.
F. Giovanny Oliveros P.
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