No, de desigualdad nadie se muere, solo los nadies, que, como decía Galeano, sueñan con salir de pobres, en medio de ese lamento diario que subsiste de lo que pueda brindar la calle. No, de desigualdad nadie se muere, no es más que un arriba y un abajo que depende de vicios arbitrarios, revestidos con un odio interpuesto por razones tan ajenas a los nadies como las pulgas a los perros. No, de desigualdad nadie se muere, ni nadie se cae por los huecos de las calles rotas, ni se resbalan en los barriales de las vías sin pavimentar, ni se cuelgan de las redes de conexión que prometen pero nadie pone, ni se deshidratan por el agua que nunca llega, ni son arrastrados por las corrientes de una guerra sin sentido, que esperemos se acabe como los malos sueños se acaban un día. No, de desigualdad nadie se muere. ¡Quién pudiera pensarlo! Si la desgracia y la miseria existen como palabras es porque no son la desigualdad, viejo mueble que deberíamos olvidar, porque de desigualdad nadie se muere, oigan bien, porque son las palabras que deben preocuparnos en nuestra agenda intransigente de la política de cloacas y jugos estomacales que tanto recorren nuestro país, como el río Magdalena que va arrastrando tanta vida como tantos muertos.
No, de desigualdad nadie se muere. ¡Cuánta falta hacía decirlo! ¡Cuántas veces necesitamos ese discurso que no sabíamos que faltaba! ¡Cuán perdido estaba el pueblo que debía de saberlo! Tanto tiempo se ha perdido en las luchas, en las marchas, en las protestas, en las reivindicaciones y en los plantones ¡Puro tiempo perdido! No hacía falta levantar las voces, ni pasar las papeletas por los puestos de votaciones, ni siquiera soñar con un nuevo país que tenga a todos dentro de un profundo abrazo de madre amorosa. ¡Porque es un sueño perdido! De desigualdad nadie se muere, era lo que los elocuentes discursos de Gaitán y de Galán debían envalentonar a viva voz con sus gargantas reverberantes y su frente en alto. ¡De desigualdad nadie se muere, pueblo de Colombia! ¡Así que todos arriba! ¡Al campo, a la empresa, a la mina y a la fábrica! ¡Que la marcha apenas empieza! ¡De desigualdad nadie se muere! ¡Todos cuantos cayeron, con las mentes apagadas, por luchar por ello cayeron en vano porque por nada luchaban! Si tan solo lo hubieran sabido no habrían arriesgado el pellejo porque las cosas cambiaran, pues nada debe cambiar.
De desigualdad nadie se muere, esa es la verdad.
Brayan Francisco Niño Garavito.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com