En su columna del lunes 12 de abril, Clara López Obregón aborda el tema de la edición genética mediante la técnica de CRISPR. Empezando por el título, incurre en una serie de imprecisiones, errores e interpretaciones que me llevan a preguntarme por qué se aventuró a escribir sobre un tema que claramente no domina y sobre el cual no se documentó rigurosamente.
Lo desconocido nos asusta. No es la primera vez que ante una nueva tecnología se intenta descalificarla de tajo bajo la premisa de que su uso es “jugar a ser Dios”. El conocimiento de la naturaleza, de sus fenómenos y mecanismos, es parte de la esencia misma de la humanidad. ¿Hace 15.000 años hubo cazadores-recolectores que se quejaron de los primeros agricultores por jugar a ser dioses al domesticar especies para su cultivo? Al fin de cuentas, se apropiaron del proceso de selección natural y la reemplazaron con la selección artificial. No sé en cuál dios cree la columnista, pero si es el que hizo a los humanos a su imagen y semejanza, ¿acaso no es de esperar que estos en sus “juegos” usen las herramientas que funcionan gracias a las leyes de la naturaleza?
La edición genética tiene infinidad de posibilidades, tanto benéficas como potencialmente dañinas. Si la humanidad afronta este tema como un juego o una extravagancia restringida a seres sobrenaturales, dejaremos de lado la necesidad de establecer los límites de manera razonable. Es necesario entender a profundidad de qué se trata esta tecnología para aprovechar su potencial y evitar su uso inadecuado.
Dice López Obregón que CRISPR está detrás del éxito de las vacunas contra el COVID-19 de Moderna y Pfizer-BioNTech, y cita como su principal fuente un artículo en The New York Times, donde entrevistan a William Isaacson (sic). Tan descuidada fue su lectura, que pasó por alto el verdadero nombre del autor: Walter Isaacson. Tanto CRISPR como las vacunas mencionadas utilizan moléculas de ARN, pero son dos tecnologías diferentes. CRISPR utiliza ARN guías para dirigir la maquinaria de edición a lugares precisos de los genomas a editar, mientras que las vacunas utilizan ARN mensajero para producir los antígenos que advierten al sistema inmune antes de la llegada del virus. El hecho de que estas dos innovaciones se mencionen en el mismo artículo no las hace iguales.
Estamos ante nuevo conocimiento, cuya aplicación tiene el potencial de cambiar el material genético de cualquier ser vivo, incluyendo a los humanos. La edición de genomas ya se está utilizando ampliamente en investigación e incluso hay productos en el mercado desarrollados con esta técnica. También se ha dado su uso por fuera de estándares bioéticos, como el que hizo el investigador chino He Jiankui hace un par de años.
Si como sociedad queremos que esta herramienta sea usada para mejorar la calidad de vida, producir más y mejores alimentos, aliviar la huella ambiental de la agricultura y de la industria, avanzar en el conocimiento mismo de la naturaleza y que todo esto se haga de manera justa y ética, debemos tomarnos el tema con seriedad. Hay que leer cuidadosamente, entender sus mecanismos con profundidad, no meter todo lo que desconocemos en un mismo costal y, sobre todo, dejar de lado la manida frase de que los científicos juegan a ser dios. No hay nada más terrenal que entender el mundo que nos rodea y de ese conocimiento derivar formas de vivir mejor. Esa forma de aproximarse a la naturaleza es incluso previa a la invención de muchos dioses.
Julián Mora. Estudiante de doctorado en Biotecnología.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com