Desde antes del fallecimiento de Chávez, Maduro le mentía al mundo y, por supuesto, confundía al pueblo venezolano.
Al igual que lo hizo su antecesor, de quien jamás entendió la política chavista. Maduro no pudo ni podrá darle lectura a los ideales de Hugo Chávez, y tal vez este fue el craso error del pueblo venezolano que, por petición del comandante, lo “eligió”. Se equivocó imperdonablemente el gran orador y amasador de multitudes al entregarle las banderas de un movimiento envolvente a una persona como Nicolás, quien no tiene ni académica ni empírica formación. No convoca, disuelve; no convence, confunde. No es claro ni seguro; todo lo contrario: incoherente, inseguro e incapaz.
Se robó Maduro unas elecciones ante el silencio cómplice del mundo y ante un agobiado, cansado y titubeante pueblo que, en frío y confundido, acudió a unas urnas ya manchadas por la trampa visible pero ineludible. Maduro se aprovechó de un pueblo impregnado de miedo, de incertidumbre, sin norte claro.
No entró Nicolás pisando fuerte. Todo lo contrario: ahondó la miseria, el desempleo, el desabastecimiento, la hambruna. Igual que su antecesor, pero con mayor crueldad; calló a los medios de comunicación y arruinó los periódicos de diaria circulación privándolos del corazón de la materia prima, el papel. Logró Maduro llevar a Venezuela al mayor costo de vida en su historia y encabezando la deshonrosa lista de los primeros en el mundo. La devaluación es absoluta y es más costoso limpiarse el trasero que comprar un galón de gasolina.
Los venezolanos soportaron, aguantaron. Aguantaron y soportaron, hasta que sucedió lo esperado. ¡La copa se rebosó! Y fueron los estudiantes los que desde el pasado 12 de febrero perdieron el miedo y las calles se convirtieron en sus gargantas y sus consignas en su sangre libertadora. Dos grandes líderes, Leopoldo López y la aguerrida e infatigable María Corina Machado, los apoyaron, y así el pueblo todo adhirió y hasta el día de hoy no se han escondido, valientemente siguen en las calles, ahora sus hogares y bastiones, en busca de democracia, justicia y equidad social. Nicolás se ha mofado de ellos, ha sido indiferente a las justas peticiones del pueblo y de la región.
¿Y ahora quiere dialogar? ¡Cómo creerle a semejante patán! Personalmente, no. No le creo a Maduro. ¡Punto!
Raúl Moreno Sierra. Medellín.
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