Hace algo más de un mes que Margarita y Mateo, estudiantes de la Universidad de los Andes, fueron asesinados en Córdoba y un silencio se apoderó de mí. Hace menos de una semana fueron asesinados en el mismo departamento Silvia y Juan, otros dos estudiantes de la Universidad de Cartagena y del Sena, y no he podido dejar de pensar en sus familias, en sus profesores, en sus compañeros, en sus amigos…
Y me ha sido imposible dejar de pensar en Juan, María, Liliana, Carlos, Camilo, Arturo, Margarita, Daniel, Vanessa, Sandra y otros tantos estudiantes, asistentes de investigación y profesores e investigadores voluntarios de economía, biología, ecología, sociología, antropología, de la Universidad de los Andes, de la Universidad Nacional, de la Universidad Javeriana y de la Universidad del Magdalena que han recorrido conmigo las comunidades de pescadores de Nueva Venecia, Buena Vista, Bocas de Cataca, Palermo, Tasajera (Ciénaga Grande, Santa Marta), Neguanje, Gairaca, Taganga (Magdalena), Nuquí (Chocó), Bazán (Cauca), el Islote, Múcura, Isla Grande, Bocachica, Barú, Tierra Bomba, Santana (Bolívar), Rincón, Berrugas (Córdoba), Dibulla, Palomino, Camarones (La Guajira) formando parte de proyectos multidisciplinarios de investigación que, según me han dicho en varias ocasiones y a pesar de las extenuantes jornadas de trabajo y de las incómodas condiciones que algunas veces deben enfrentar en trabajo de campo, han enriquecido sus vidas. El trabajo de campo genera muchas satisfacciones y quizás una de las más valiosas es sentir el compromiso y la entrega de los estudiantes y los asistentes de investigación. Se siente una alegría indescriptible cuando después de jornadas de trabajo de campo extenuantes te dan las gracias por “la oportunidad” y van a dormir felices por el trabajo bien hecho. Es una entrega que me alimenta, que me anima a seguir y que incluso me hace olvidar el agotamiento de las jornadas de campo. Y entonces, es cuando el recuerdo hace que el silencio se convierta en rabia y desesperanza. No existe una razón para acallar ese ímpetu, no existe una razón para acallar los anhelos que tienen estos jóvenes de contribuir a la construcción de un país mejor.
Y es entonces cuando recuerdo casos de compañeros zootecnistas, agrónomos o veterinarios solicitando, en el mejor de los casos, “permiso” a grupos ilegales para hacer su trabajo o simplemente renunciando a sus empleos para mantenerse vivos, porque como decía un periódico que reseñaba el asesinato de Margarita y Mateo, hay zonas en nuestro país donde no podemos transitar. Me recuerdo a mí mismo en mis prácticas como zootecnista en San Marcos (Sucre) o intentando reproducir chigüiros en cautiverio en la Macarena, o dando explicaciones a “terceros” acerca de proyectos con mujeres campesinas en Caparrapí… y han pasado muchos años y parece que todo sigue igual.
Este no es un problema de “otros”, este no es un problema de la universidad pública o de la universidad privada, este no es un problema de los biólogos o de los ecólogos o de los zootecnistas o de los economistas que trabajan en campo… es un problema que nos debe movilizar a todos como ciudadanos de este país. Es nuestro derecho disfrutar, transitar, estudiar, investigar, caminar en nuestro país.
No esperemos a que nos pase como escribió el poeta Bertolt Brecht: “…ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde”.
No conocí a Margarita, ni a Mateo, ni a Silvia, ni a Juan, pero los veo cada día en los ojos de mis estudiantes y mis asistentes de investigación.
Jorge H. Maldonado. Profesor Asociado, Universidad de los Andes. Bogotá.
Las equivocaciones de un editorial
Entre las varias equivocaciones de su editorial sobre el censo electoral (febrero 8 de 2011), hay dos que merecen explicación suya. ¿Cómo es eso de que la depuración del censo electoral “les abriría la vía a las formas de democracia directa”? ¿El periódico, acaso, es enemigo de las distintas formas de participación ciudadana que autorizan la Constitución y la ley? ¿O cree que ellas se deben seguir definiendo por la manera como piensen y voten las personas fallecidas? También me parece una enormidad sostener que el voto en blanco “deslegitima el proceso electoral”. Muchos pensamos todo lo contrario: el voto en blanco es auténtica y genuina expresión de la voluntad popular que bien puede contribuir al mejoramiento de nuestras prácticas políticas.
Jaime Castro. Bogotá.
N. del D.: En cuanto a la primera cita, una cosa es la democracia directa y otra la democracia participativa, pero es justo reconocer que una redacción apresurada terminó en un confuso argumento sobre el efecto de la depuración del censo en ellas. Punto concedido, pues no debe haber equívoco en nuestra defensa de los mecanismos de participación ciudadana, dentro de un marco normativo que impida caer en la “tiranía de las mayorías”, a donde puede llevar la democracia directa. La segunda cita, en cambio, claramente se refería a la abstención y no al voto en blanco, que son debates parecidos pero muy distintos.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.