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¿Optimismo? Mejor la esperanza

31 de marzo de 2020 - 12:00 a. m.

Un periodista español le preguntó al papa Francisco si él era optimista frente a esta situación. Y la respuesta no pudo ser más precisa cuando expresó, de acuerdo con lo que escuché, que poco y nada le gustaba el término “optimismo”, por ser superficial. “Me gusta más la esperanza”, dijo. Y como todo lo que opina el pontífice, sus palabras están llenas de vida y sabiduría. ¿Quién puede ser optimista frente al panorama mundial con esta pandemia, que ni siquiera en la ficción habíamos imaginado? Especialmente porque todo está rodeado de noticias falsas, verdades fragmentadas y fuera de contexto, intereses profundamente mezquinos, amarillismo, desidia, mentiras, etc.

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Es verdad que existe una amplia franja de la sociedad que ha sacado a relucir lo mejor de sí mismos y observamos muchas manifestaciones de solidaridad. El Gobierno trata de ponerse a tono con todo lo que se le vino encima. Es duro, por lo inesperado, estaba fuera de control de todos y, sobre todo, fuera de presupuesto. Por eso resulta chocante que la mayor parte de los anuncios gubernamentales terminen en desesperación de la gente, pues cuando llegan los funcionarios estatales (ay, ay, ay, esos mandos medios) salen con un montón de babosadas. Varias mujeres y ancianos lo han denunciado en los noticieros de televisión. Les dan la mitad, si es que les entregan algo, les dicen que regresen mañana, no aceptan la cédula llevada por los hijos… ¡Como si hubiera tiempo de autenticar, de regresar, de aguantar las ganas de alimentarse! ¿Cómo se puede ser optimista en este escenario?

Retomando las palabras del papa Francisco, en estos momentos lo que no podemos perder es la esperanza, porque permite pensar que habrá una luz frente a la semioscuridad, una mejoría sobre la realidad, una transformación emocional con el impacto de esta experiencia inimaginable hace unas semanas. El optimismo nos llena de ilusión, en cambio la esperanza alienta a no desfallecer; el optimismo crea y recrea escenarios inalcanzables, la esperanza nos devuelve los sueños y cuando se tienen sueños la esperanza no se muere.

Estamos fortalecidos con la esperanza de que pronto terminará esta sensación de prisión para volver a soñar un país en paz con el concurso de todos. Como ahora, con el esfuerzo de todos —salvo los irresponsables de alma mezquina— derrotaremos el coronavirus y los sueños pueden continuar el resto de nuestras vidas.

Ana María Córdoba Barahona, Pasto.

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