En estos momentos Colombia vive un período «milagroso», llamado campañas políticas.
Decimos milagroso, porque en él los ciegos ven, los sordos oyen y hasta los muertos resucitan. Algunos que ya vienen y algunos que quieren entrar no veían los problemas de departamento o ciudad y gracias a un milagro, ya sea por parte de sus publicistas o de su ingenio maquiavélico, se obra el “gran milagro” y ven, cual mago en su bola de cristal, todo lo que los ciudadanos quisiéramos se viera para darle positiva solución.
Es un período en el que muchos aprenden a “escuchar”… Estamos frente al gran milagro de la recuperación de la audición. ¡Ah… y del milagro de la “resurrección” ni qué hablar! ¿Cuántos muertos políticos, cual lázaros olvidados, tratan de reencaucharse a ver si logran recuperar el “baloto político” que no se explican cómo se les fue de la mano.
Salve política bendita, que obras milagros: “resucitando muertos, dando visión y audición a muchos…”. Pero ojo ciudadanos con esta clase de milagros, que de eso tan bueno no dan tanto.
Gustavo Idárraga C. Medellín.
Sueños de ciudad
No hay reunión, medios de comunicación o charla con amigos donde no se toque el tema de la inseguridad en Bogotá. El temor que se siente es palpable, porque existe la posibilidad de ser la próxima víctima de los atracadores, por robarnos el celular, la billetera, el carro o la cicla; pareciera que el hampa se tomó la ciudad, pues continúan los atracos, los heridos y muertos por negarse a entregar sus pertenencias.
Los señores que dictan las leyes pensaron que la solución a lo anterior sería lograr que los celulares robados quedaran sin valor una vez se reportara el hecho, pero no pensaron que el delincuente y los reducidores se las idean para evitar este propósito y van es por todo lo que tenga su víctima; en muchas ocasiones, si no lleva celular, le quitan los tenis, el dinero y hasta desnudo lo dejan. Y si no lleva nada, lo pueden herir o causarle la muerte.
No demoran en dictar una ley con la que dejen sin valor los billetes robados o algo parecido con las prendas. Esa no es la solución, la solución es aumentar la presencia de la autoridad en las calles e ir por el delincuente, capturarlo y dejarlo a buen recaudo y que éste sea judicializado sin contemplaciones; de igual forma con los reducidores, que éstos cuando sean aprehendidos en flagrancia o capturados por ser reconocidos y llevados a la autoridad competente para lo de rigor, que no suceda que salen del recinto primero éstos que el policía que los conduce. Si se logra más efectividad y se reduce la delincuencia, estaremos menos expuestos al peligro, desaparecería el temor en las personas de bien y sería agradable y seguro andar por la ciudad.
Josué Moreno. Bogotá.
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