Creo que no hay duda de que una razón fundamental para que la FIFA le hubiese otorgado la sede de este Mundial a Catar fue la capacidad económica de este país y la disposición manifiesta de los cataríes de hacer una inversión sin precedentes en estadios, hoteles e infraestructura. Por eso, las críticas que les han llovido por igual a la FIFA y al Gobierno de Catar, en el sentido de que con ese derroche de recursos se está mercantilizando el fútbol, dándole más importancia al negocio que al deporte, pueden ser válidas, pero no necesariamente lo uno va en contra de lo otro. Gústenos o no, en la medida en que se ha venido incrementando la mercantilización del fútbol (más patrocinios, llegada de grandes marcas, derechos de transmisión, salarios y pases de jugadores cada vez más elevados), así mismo se viene incrementando el nivel de competitividad. Por eso no es casualidad que los grandes equipos de Europa, los más ganadores, los que tienen nóminas más costosas y más protagonismo mediático, tienen también más jugadores en el Mundial. Hay equipos como el Manchester City, el Paris Saint-Germain y el Barcelona en los que un alto porcentaje de sus jugadores están en el Mundial con sus respectivas selecciones.
Como decía en una columna reciente el periodista Jorge Barraza, el último Mundial que fue solamente un torneo deportivo, antes de que los campeonatos se convirtieran en un show business, fue el de Italia 90, en su consideración el más malo de la historia, porque no descolló ni surgió ninguna figura ni hubo equipos revelación, y la final fue nuevamente entre Alemania y Argentina, los mismos finalistas de México 86; tuvo además el promedio de goles más bajo por partido de todos los mundiales y la final se definió por apenas un gol que fue de penal.
Podría pensarse que el nivel competitivo depende básicamente de la calidad de los jugadores y que los cracks nacen, no se hacen, lo cual es cierto a nivel individual: estrellas como Messi, Ronaldo, Haaland, Salah, etc., no se fabrican. Pero a nivel de equipos la inversión en términos económicos sí es fundamental, de otra manera no se explica que la Argentina de Messi todavía no haya podido ganar ningún Mundial y que en este haya sido derrotada en el primer partido por Arabia Saudita, cuyo equipo, comparando jugador por jugador, es muy inferior a Argentina. Igual es el caso de la derrota que sufrió la poderosa selección alemana, llena de figuras como Argentina, contra una selección japonesa con un grupo de jugadores prácticamente desconocidos a nivel internacional. Pero tanto Arabia Saudita como Japón son países que vienen haciendo de tiempo atrás una gran inversión en el desarrollo de su fútbol y ambos tienen unas ligas en las que se mueve muchísimo dinero.
Esta relación directa que existe entre mercantilización y nivel competitivo no es solo del fútbol, es igual en casi todos los deportes. En el básquet la NBA es una máquina de hacer dinero, como ocurre con el béisbol, el fútbol americano, la Fórmula 1, el tenis y el golf. Y nadie se escandaliza por la mercantilización de un torneo Grand Slam de tenis o un gran premio de la Fórmula 1, ni por el dinero que se mueve en premios, patrocinios, derechos de televisión en estos eventos. El fútbol no es diferente, lo que sucede simplemente es que es el más popular.
Carlos Alberto Martínez Lema.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com