Uno de los interrogantes más profundos del ser humano ha sido la existencia de Dios, el deseo por saber qué hay más allá de la muerte. La religión aprovecha ese hueco que la filosofía y la ciencia no han llenado con una respuesta segura, alegando la existencia innegable de un dios omnipotente, reconocible únicamente por fe. Esto ha devenido en una gran masa devota con pluralidad de creencias y convicciones que le dan forma a Dios a partir de interpretaciones y principios sacados de los escritos bíblicos.
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La creencia cristiana define todo aquello que enseña lo que establece la Biblia como palabra de Dios, considerando a Cristo, su hijo, como salvador de la humanidad. Esta se subdivide en las doctrinas pentecostal y protestante, tomando como base fundamental las enseñanzas del entonces denominado Maestro, registradas en los cuatro Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento bíblico, y presentando una nueva forma de vivir y de pensar peculiar.
No obstante, los practicantes evangélicos se niegan a denominar su creencia como religión, debido a que este término, según ellos, sintetiza prácticas litúrgicas y ritualismos que se le atribuyen más al esoterismo, la idolatría o, en su defecto, al catolicismo.
Los principios por los que se rige la creencia evangélica están más relacionados al amor, la compasión y la misericordia practicadas por Jesucristo en su tiempo, dejando como legado un modelo de vida dedicado al servicio hacia el prójimo y el autosacrificio por los demás. Jesús predicaba y promovía la igualdad, dándoles lugares privilegiados a los pobres y marginados de la sociedad: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3).
Prefieren, entonces, definir el evangelio como una relación cercana e individual con Dios que da como resultado toda una serie de beneficios o bendiciones reflejados en la vida cotidiana. Sin embargo, la doctrina de santidad que se predica desde los diferentes templos ha conducido a un hermetismo que separa a los pobres de los “beneficios” que brinda la práctica litúrgica. La doctrina de las últimas décadas se ha centrado en la prosperidad económica dejando de lado la compasión y la piedad producidas por un mensaje más espiritual.
El mensaje actual de la Iglesia suele hostigar a las personas para que den dinero, diezmos obligatorios y ofrendas aparentemente voluntarias para asegurar una vida próspera en la eternidad, con la falacia de ser “instituciones financieras de Dios”.
La teóloga Julie Assman afirma: “Sugiero que es hora de que, como iglesias, además de impulsar un trabajo de paz realmente importante y sostenible, que complemente nuestra peregrinación de justicia y paz, comencemos a enfrentar nuestro propio enredo para sacar a la luz la verdad y comenzar un viaje más profundo de, Dios mediante, reconciliación y perdón”.
¿Qué tal si las ofrendas fueran, más bien, productos alimenticios y los diezmos, vestido y comida? Proponer que los domingos (días de culto cristiano) sean de banquetes para la Iglesia, a puertas abiertas con énfasis principal en los pobres, mendigos y necesitados, es conducir el mensaje de la fe más fiel a la tesis bíblica y, por ende, el cumplimiento real del evangelio del Jesús que buscan imitar.
Erradicar la corrupción es una de las responsabilidades de la Iglesia, participando activamente en el trabajo de la construcción de paz en la sociedad, como lo han hecho algunos pastores, sacerdotes y líderes religiosos en conjunto con la JEP, la Comisión de la Verdad y demás entes.
Diego A. Meza Castro.
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