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Refutación a los antitaurinos

18 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

Les pregunto a mis estimados Felipe y Salomón: ¿es que la muerte del toro en el matadero, en el cajón metálico donde se reduce al toro a la más inerme impotencia sin que se le permita ningún movimiento, es más humana?

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Con la abolición de la fiesta brava lo que se lograría es la extinción de una de las razas más arcaicas de bovinos, pues sus orígenes se remontan por lo menos a cuatro mil años. Es decir; para que no se le mate al vacuno, se le condena a la mayor de las muertes posibles, la inexistencia.

¿Qué ofende a la susceptibilidad “racional” actual? Sospecho que los antitaurinos intuyen que para hincar el tenedor sobre el churrasco la res tuvo que haber sido muerta. No, no es el hecho de matar al animal, es que se haga en público dicha muerte. Se les endilga a los ritos arcaicos el estar anclados en los viejos valores y en la superstición, y la fiesta brava es uno de ellos, el único ritual de sacrificio que ha podido subsistir en la cultura occidental hasta nuestros días. El hombre moderno olvidó este hecho esencial, actúa como si su actuar no tuviese repercusiones, ha destruido ecosistemas, la extinción en masa de especies en la actualidad sólo es superada por cataclismos como el que dio fin al Cretáceo. Como no tiene que rendirle cuentas a nadie. Pero que no se le recuerde la muerte, la muerte es tabú; hiere su conciencia.

Tanto Felipe como Salomón deslizan en sus peroratas una diatriba de resentimiento social. Es que la mal llamada clase dirigente es la que asiste a las corridas para lucirse como reinas, clama el uno. Es que los insignes asistentes toman buen whisky, enrostra el otro. No, estimados: la fiesta de toros tiene arraigo popular e histórico en nuestro país. Bien lo ha entendido un personaje que como nadie se ha adentrado en el alma del pueblo colombiano, el despojo de tierras que ha sufrido el campesinado, que como nadie comprende las nefastas implicaciones ambientales de la gran minería. Sí, hablo de un taurino por excelencia como Alfredo Molano. Comprende Alfredo, lo ha dicho, que es necesario salvaguardar nuestras tradiciones. Pues a partir de los elementos culturales ancestrales del pueblo colombiano es que podremos reconstruir un país carcomido por las iniquidades.

Repito, el matar el toro en el ruedo no es ni más ni menos “inhumano” que matarlo en el matadero. Lo que hay de diferencia es simplemente un gusto estético distinto. Uno que se cree superior por más “civilizado”, por más moderno. Ojalá pudiéramos adentrarnos en el subconsciente de los pueblos premodernos, ojalá pudiéramos desentrañar el oculto significado de los ritos arcaicos, ojalá pudiéramos comprender las supersticiones de quienes pueden hablar con la tierra. En nuestra Colombia, los koguis y los tikunas, por ejemplo, para que junto con las ciencias, fruto éstas de la inteligencia capitalista, iluminen nuestro pensamiento y obremos con sensatez. Y olé.

 

Fernando González. Manizales.

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