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Roma, más allá del blanco y negro

04 de febrero de 2019 - 12:00 a. m.

Roma, la más reciente producción cinematográfica de Alfonso Cuarón, ha alcanzado, con justa razón, el reconocimiento nacional e internacional de espectadores, críticos y premios en torno a la industria. Sin embargo, Roma va más allá de una buena producción.Roma, la más reciente producción cinematográfica de Alfonso Cuarón, ha alcanzado, con justa razón, el reconocimiento nacional e internacional de espectadores, críticos y premios en torno a la industria. Sin embargo, Roma va más allá de una buena producción.

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La memoria del director, que revela momentos familiares de su niñez, se vuelve la memoria compartida de un tiempo, un espacio y un lenguaje. Roma, desde el hogar de una colonia en Ciudad de México, es una fotografía de un conflictivo inicio de década, los 70, donde calles, edificios, objetos y sonidos atraen la nostalgia de los que recuerdan.

Una larga pero hermosa escena de agua corriendo a la par del reflejo de un avión, armonizado por el sonido de una escoba barriendo el piso mojado, dan la bienvenida a la travesía, a la que le continúan éxitos de Leo Dan, Rocío Durcal y Juan Gabriel.

El agua es un elemento fundamental, la tranquilidad con la que se mueve al inicio desaparece en el clímax de la historia para dar paso a un mar agitado, como si se tratara de una sincronía con los cambios que enfrentan las protagonistas.

Cleo, empleada doméstica de origen indígena, y Sofía, su patrona, enfrentan el abandono de sus parejas, figuras masculinas que se desprenden con facilidad de responsabilidades familiares.

Se trata también de un homenaje a mujeres que, en silencio, adquieren la carga de los que han huido, mientras lloran la pérdida y aceptan sus nuevas realidades. Una frase de la película, fría y desoladora, es suficiente para expresarlo: “No importa lo que te digan, siempre estamos solas”. Y es cierto, solas, a veces unidas por la similitud de su dolor, pero constantemente separadas por las barreras de las clases sociales. “Cleo, ¿me traes un licuado de plátano?”, preguntan los niños que eufóricos cuentan a su abuela cómo la empleada doméstica salvó sus vidas en el mar.

Roma finaliza con Cleo subiendo las escaleras de la azotea para llevar ropa sucia en tanto un avión atraviesa el cielo. Pese a todo, la cotidianidad nunca desaparece.

Roma explora, desde lo individual, las problemáticas y distintas caras de un país, como las locaciones que giran en torno en la modernidad de una ciudad y el abandono de comunidades cercanas a ella. Ahí radica su importancia, porque les otorga voz a los que no la tienen, de tal suerte que la película se ha puesto al mismo nivel que textos de Rulfo u otros personajes del sector cultural que, desde su espacio, muestran a México más allá de sus elementos reconocidos en el exterior.

César D. Hernández Jiménez.

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