Se acercan las elecciones para Senado y Cámara, de representantes y la película se repite. Las calles se inundan de vallas, afiches, volantes con frases carentes de originalidad y candidatos luciendo su mejor sonrisa. Televisión, radio y redes sociales se saturan de publicidad política pagada a la que no se presta mucha atención.
Se acercan las elecciones y el país se divide en dos grupos bien definidos. De un lado, los indiferentes y del otro, los entusiastas. Los primeros consideran que no vale la pena votar, que sin importar quiénes salgan elegidos nada cambiará en los próximos años. Los segundos reviven la ilusión de un futuro mejor para todos y sueñan con un nombramiento o un contrato para ellos o sus allegados.
Como suele suceder en muchos aspectos de la vida, los dos extremos están equivocados. Seguramente sí cambiarán algunas cosas, muchas más de lo que piensan los indiferentes, pero menos de lo que esperan los entusiastas. La vida no es binaria. La política no es todo o nada, es un proceso de transformación continuo.
Se acercan las elecciones y vemos a a los candidatos sonriendo, untados de pueblo, abrazando a los adultos, cargando a los niños, besando a las mujeres, asistiendo a reuniones en barrios, municipios y veredas que no volverán a visitar pasados los comicios.
Se acercan las elecciones y, como en una historia de amor, se repiten promesas que serán incumplidas. El pretendiente arrepentido asegura que su amor al pueblo, al igual que su sonrisa, es real, que esta vez no les fallará, que pueden contar con él 24/7. Se promete mirando a los ojos lo que no se puede cumplir, lo que está por fuera de las posibilidades reales. Se promete lo divino y lo humano.
Los electores, como novias ingenuas, vuelven a creer en el amor, se emocionan ante las palabras bonitas. Sin un estudio juicioso, de las propuestas, toman una decisión de apoyo a un candidato, algunas veces precedida por una dádiva económica o de otra índole. La decisión suele ser más pasional que racional. Se vota pensando en el momento y no en lo que representa para el futuro.
Se acercan las elecciones y el dinero de las campañas termina siendo el protagonista; como en toda historia que mezcla amor y dinero, el final no puede ser feliz. Es claro que el candidato que recurre al dinero como arma de seducción está reconociendo que sus ideas no tienen la fuerza suficiente para convencer a los electores.
Las campañas tienen un tope de gastos, límite ideal que no se cumple en la realidad. Los candidatos y partidos tienen en su equipo de trabajo a un contador público que es experto en cuadrar la contabilidad para solo reflejar los aportes que se ajustan a esos topes. La información que se reporta a las autoridades electorales está limpia de toda mancha y estas son incapaces de auditar a fondo los gastos reales.
Se acercan las elecciones y los insultos y odios afloran por culpa de las diferencias en las preferencias políticas. Los amigos se alejan mientras las fuerzas políticas se reacomodan al vaivén de las circunstancias y los intereses, por aquello de lo dinámica que resulta ser la política.
En todo caso, lo mejor que puede hacer es votar, votar sin odios y sin intereses mezquinos, y denunciar las irregularidades que se puedan presentar en una democracia imperfecta, pero democracia, al fin y al cabo.
José David Ruiz Argel
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