Dice un adagio no tan popular: “Los tiempos difíciles crean hombres fuertes, hombres fuertes crean buenos tiempos y los buenos tiempos crean hombres débiles que, a su vez, crean tiempos difíciles”. Hace algunos años, en la Colombia de finales de los años 90 y principios del nuevo milenio, se libraba en las áreas profundas y selváticas del país una lucha armada contra un enemigo común, tanto para las Fuerzas Militares como para la población civil: la amenaza subversiva.
Esta amenaza, heredada de los ideales infames de la ya extinta URSS, la revolución cubana, los escritos marxistas y la falacia guevarista, alimentaba una fachada falaz de grupos como el M-19, las FARC y el ELN, por mencionar algunos ejemplos. Al mismo tiempo, en las ciudades, la gente común también hacía su parte saliendo a las calles para rechazar el accionar que sembraba el terror en carreteras, veredas y municipios, arrasando con bancos, políticos, empresarios, finqueros o ciudadanos de a pie que no comulgaban con sus ideales. Ideales que fungían como lavado de cara para estos criminales, quienes eran en realidad sanguinarios guardianes del narcotráfico y se financiaban lo suficiente para enfrentar a las fuerzas del Estado con equipamiento, entrenamiento y doctrina exportada de mercenarios israelíes y rusos. Se convirtieron en expertos en campos tan horrendos como los explosivos, que aprovechaban para mutilar campesinos y soldados por igual con las infames minas antipersona.
Ciertamente, en esa época la lucha se ganó a costa de huérfanos, viudas y mutilados que entregaron un futuro, cuando menos, poco prometedor a las generaciones venideras con la reducción de la mayoría del pie de fuerza de estos grupos armados ilegales. Sin embargo, paralelamente a esta lucha frontal tanto de militares como de ciudadanos contra el terror subversivo, se gestaba una generación a la cual sus padres y abuelos habían blindado de esta realidad. Es comprensible, pues habiéndoles ganado terreno a los violentos, lo que menos se deseaba era que los hijos crecieran con los traumas y miedos con los que ellos mismos habían crecido en tiempos de Pablo Escobar, los Castaño, los farianos y elenos que les habían secuestrado la infancia y la juventud entre secuestros, masacres y pescas milagrosas. Y fueron precisamente estas generaciones las que hoy en día, producto de este proteccionismo o tal vez también de la falta de conocimiento de nuestra historia reciente, se levantan a favor de lo que tanto se luchó y en contra de quienes se sacrificaron por ellos. No solo en contra del brazo armado del Estado, sino también contra la generación que en su crianza les construyó una cúpula de hierro para protegerlos del entorno histórico violento. De allí que las generaciones de principios de este siglo hayan estigmatizado a todo lo que se le llame “gente de bien”, pero hayan glorificado a personajes que desangran la educación pública sin haber aprobado siquiera materias del primer semestre, o a bachilleres que lanzan críticas satíricas sin el más mínimo respeto ni de la academia ni de la dignidad de quienes critican a punta de madrazos e infamias. Concluyendo: se ganó en la guerra, se perdió en la paz.
Juan Gutiérrez, Chocó
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