El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Si no fuera por la esperanza

30 de diciembre de 2019 - 12:00 a. m.

Si nos orientáramos por los noticieros de televisión o por algunos titulares de prensa nacional o regional, la situación del país es para salir corriendo.

PUBLICIDAD

Lo que pasa es que el pueblo colombiano, salvo un minúsculo grupo de poseedores de la riqueza nacional, no tiene alternativa más que quedarse a ver cómo sigue sorteando el drama socioeconómico, la demora de la justicia –por Dios, la Corte Suprema tienen una gran responsabilidad—, además de la injusticia; la inseguridad en todo el territorio nacional urbano y rural, la sensación de que no hay un presidente con la fuerza que se necesita y mucho menos un gabinete representativo con algunas excepciones, el miedo a los desmanes de la Policía y el Ejército, pues nadie quiere arriesgarse a ser un desaparecido más. En fin…

Si no fuera por la esperanza que infunden los niños, los jóvenes, los ancianos, la amistad y el amor no sería posible resistir.

Al hojear y ojear algunos medios de comunicación escritos, como El Espectador, se encuentran lindas páginas que registran el valor de la gente luchadora como los deportistas, o como las múltiples víctimas, generalmente mujeres, que son capaces de hacerle frente a un panorama desolador, a los reinsertados que se sobreponen al incumplimiento del Estado, léase gobierno Duque, a los líderes sociales que contra viento y marea enarbolan las luchas de sus pueblos olvidados y deprimidos para recuperar sus tierras y cultivarlas con entusiasmo, a los líderes de las marchas que se enfrentan a la estigmatización y al peligro de ser una cifra más de muertos. Al pueblo anónimo que sufre las consecuencias de los excesos de todos y que continúa trabajando porque la vida sigue.

Lo paradójico es que la inmensa mayoría del pueblo colombiano lo conforman personas buenas, honradas, trabajadoras.

Sin embargo, observamos que los insurgentes tienen mayor poder de intimidación, los corruptos se hacen elegir y nombrar en puntos vitales y definitivos para mejorar la vida de la gente. Hace falta un liderazgo de gran alcance y aliento, que no se apague ni lo apaguen.

Se consiguió que un buen número de guerrilleros hayan dejado las armas, ahora es necesario que todos participemos desde nuestra posición en la implementación de los Acuerdos de Paz firmados en La Habana. ¿Es tan difícil que los consejeros del actual presidente entiendan la importancia de esta decisión?

No perdemos la esperanza.

Feliz 2020. Ana María Córdoba Barahona. Pasto.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias