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Sobre la compostura en la opinión, a propósito de una columna

13 de septiembre de 2016 - 09:11 p. m.

Una crítica al tono agresivo y a la no intervención editorial sobre los columnistas que al lector le parece una “comisión por omisión”.

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“Esa cosa”

El título y la manera de desparramar el contenido de la columna del señor Julio César Londoño, publicada en El Espectador el día sábado 10 de septiembre último (“Esa cosa llamada Ordóñez”), son una vergüenza para un articulista que se autoproclame sensato. Y es una permisión indebida del periódico, que enoja a los lectores.

Puede decírsele al doctor Ordóñez lo que se quiera expresar, pero de una manera decente. Puede calificarse su gestión como mala, pésima o regular, pero con respeto por la investidura. Siempre se ha preciado el columnista de marras de ser un libre-pensador, pero olvida esta cualidad al momento de agraviar a ciertas personas, cuando se sopesa su forma espantosa y aparatosa de escribir. No es la primera vez que dispara…

Ataca de hemofóbico al procurador, pero el señor Londoño se burla de las convicciones de alguien que ha tenido el coraje de pubicitarlas. Y remata su artículo de una manera grotesca: “Vuelve, sujeto viscoso, a la caverna de donde nunca debiste salir”.

Esos calificativos peyorativos de “cosa”, “sujeto” y otros más, ruines y biliosos, que se entresacan del propio texto, son la muestra de un apasionado que no es capaz de controlar sus emociones pues exhibe un aparatoso prurito de escribir bajo el enceguecimiento de la rabia. Y ese no es el producto para los lectores.

Bajo la tónica de Londoño, están escribiendo otros articulistas de este diario. Y en nombre de la libertad, están exagerando la nota no pocos columnistas que son auténticos narcisistas de la verdad absoluta. Lleva la delantera El Espectador en este defecto, tristemente.

No es intromisión decirle a un columnista que revise el titular (que es horrendo y que depara una burla impublicable) o que examine el contenido, desde el prisma de revisar opciones frente a vejámenes estrambóticos. Muchos medios lo hacen, sin que ello sea coartar la libertad de expresión. Es un homenaje a la compostura.

Desde las pasiones y desde la mofa o la bufonada, no se puede escribir. O al menos, no debería hacerse en un diario tan respetable como El Espectador. El que quiera ser panfletario burletero, que busque periódicos de otra índole. Aquí el diario, peca de comisión por omisión.

¿Para qué predicar la paz, si hay guerrerismo intrínseco, si hay maledicencia extrema y sin hay afán de maltratar desde la palabra? ¡Qué cosa! ¡A quien le falta estatura moral para ponderar una crítica, es a usted señor Londoño!

Rubén Darío Barrientos G., Medellín

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