En su columna “Ojo al populismo”, Santiago Montenegro advierte sobre el ataque a la democracia liberal que traen consigo los populismos contemporáneos. En su opinión, Carl Schmitt, jurista y filósofo político alemán, ha sido el “progenitor” y referente ideológico de estos populismos. Destaca a la izquierda antiliberal como entusiasta difusora de la obra de Schmitt.
Que la obra de Schmitt es útil en la explicación de la aparición de estos nuevos autoritarismos es algo que no se discute. Algo muy diferente es afirmar que Schmitt es su “progenitor”. Es por ello equivocado afirmar, así sea de manera implícita, que ha existido un proyecto político populista inspirado en Schmitt para tomarse y ejercer el poder en países como Venezuela, Argentina, EE. UU., Turquía, Hungría, Filipinas o Rusia. Tal enfoque deja de lado los problemas del modelo económico y de la democracia liberal en el mundo contemporáneo, asociados con la aparición de estos autoritarismos.
Por supuesto que Schmitt fue un crítico del liberalismo. No fue su “gran enemigo” como afirma el columnista. En su concepto de “lo político” plasmó buena parte de esa crítica. Llamó la atención sobre el esfuerzo sistemático liberal por despolitizarlo y neutralizarlo todo y de esa manera evadir las serias exigencias que presenta el devenir de las sociedades. Además, criticó los esfuerzos liberales por subordinar lo político al imperio de la ley y por desdibujar su papel detrás de las frágiles fundaciones del normativismo liberal y el formalismo legal. Establecido lo anterior, en sus trabajos tempranos como Political Theology ([1922] 2005), The Concept of the Political ([1927] 2007b), Schmitt planteó que la esencia de lo político es la lucha entre amigos y enemigos y lo político refleja el antagonismo más fuerte. Lo político entendido, no como un modo de vida o un conjunto de instituciones, sino como criterio para tomar cierto tipo de decisión, la que tiene que ver con el establecimiento de una distinción específicamente política.
Para el columnista, el concepto de lo político de Schmitt se puede reducir en que: a) “una colectividad existe como cuerpo político solo cuando tiene enemigos . . .b) la enemistad es la condición esencial de la vida humana . . . c) la concepción de la política como violencia y guerra latente”. Es una interpretación equivocada. Para comenzar, la noción de enemigo en Schmitt es más rica y compleja. Por un lado plantea que en todas las esferas de acción y pensamiento humano, ( religión, moral, economía, ética o cualquier otra área ) las antítesis pueden llevar a que cualquier colectividad se “transforme” en cuerpo político, “si es lo suficientemente fuerte para agrupar efectivamente a los seres humanos de acuerdo a (la condición de) amigo y enemigo”. ¿No fue este el caso de la controversia sobre la ideología de género que durante el plebiscito terminó convertida en antítesis política y dividió en dos al electorado en Colombia? Pero cuando Schmitt habla de enemigo político precisa que “no tiene que ser moralmente malo, o estéticamente feo, ni tiene necesidad de aparecer como un competidor económico, y puede ser hasta ventajoso hacer negocios con él”. Y más adelante, “el enemigo en el sentido político no necesita ser odiado personalmente, y en la esfera privada solamente, hace sentido amar al enemigo de uno”. Ello no guarda ninguna coherencia con la afirmación de que “la enemistad es condición esencial de la vida humana”. Y en relación con “la política como violencia y guerra latente”, cabe recordar que para Weber, Schmitt y Lenin, desde distintas posturas ideológicas, “no existe política sin lucha y poder, y no hay lucha y poder sin por lo menos la amenaza de violencia”. ¿Qué le parecen los 300.000 muertos de “la Violencia” en Colombia? ¿Y los 120 líderes asesinados en 2017?
Por falta de espacio, no me referiré a su caricaturesca definición de “decisionismo”. Solo resaltaría su clara actitud acrítica de cara a las evidentes falencias de la democracia liberal en Colombia, que recuerda el fracasado triunfalismo de Fukuyama.
Fernando Bernal C. Bogotá.
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