Cada día despertamos con una noticia nueva: que el conflicto en Europa se agudizó, que los bosques se están quemando, que los políticos de turno ahogaron una ley que no les convenía, que aquel quiere ser un supremo dictador, que el dólar aumenta, que la falta de alimentos está creciendo… Tantas noticias deambulando y uno sin saber qué creer. Escapando a tal realidad, buscamos un refugio en redes sociales, sin advertir la ignorancia en que caemos: nos reímos a gusto viendo toda clase de memes, videos de nuestro zoológico en donde un perro asustado cae en un hueco o un gato hace de fanfarrón al mejor estilo de Garfield.
Luego cambiamos de nicho y buscamos los “agradables” momentos que nos ofrecen unos seres que poco aportan a una sociedad: los influencers, personajes conocidos por su capacidad de generar likes y recaudar buen dinero, por ser generadores de contenido con proezas tales como desperdiciar comidas a gusto, dar consejos de cosas no vividas, ser abogados sin el más mínimo conocimiento de leyes, convencer a un grupo para que se hagan mutilaciones porque eso se vería cool, ser cantantes sin conocer el pentagrama… En fin, una gran variedad se puede encontrar en las redes, dejando opacados a quienes de verdad se han tomado el tiempo necesario para hacer un trabajo con credibilidad, para ellos los likes no suman.
Ante este panorama, continúa creciendo la pregunta: ¿estamos siendo cómplices? Por cada vista, suscripción, like que les damos, los influencers llenan sus bolsillos y eso está bien, al fin y al cabo hacemos parte del negocio, ellos venden y nosotros consumimos, el marketing es perfecto. La respuesta es compleja, ya que atacaría el gusto y de alguna manera el vicio adquirido y sugerido por un algoritmo, que termina haciéndonos dependientes, algo así como el vicio informático. Entonces, por qué no buscar a personajes que en realidad aporten, den paso a un pensamiento crítico, a mejores maneras de enriquecer el lenguaje, a dejar a futuro elementos que permitan tener esa confianza que irremediablemente se está desvaneciendo.
Somos cómplices, en la medida en que les damos a los influencers las herramientas para infravalorar a nuestros niños; para hacer ver a la mujer como un elemento que se toma, se usa y luego se tira a la caneca; lo hacemos cuando olvidamos nuestras raíces porque a uno de ellos le da pena ser indígena o de algún punto del mundo; cuando ofrecen insultos a cambio de un like; cuando ignoramos a nuestros padres por estar viendo un video de estos. Les ofrecemos tanto y nos dan tan poco, ni siquiera alimentan, solo destruyen, la ecuación está en desbalance. Un cambio para bien ayudaría bastante, aún podemos salvar este mundo.
Edisson Núñez Calderón
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