En el libro Barba Jacob, el mensajero, con la inconfundible prosa y ciertamente con la erudición de Fernando Vallejo, se lee: “De paso para Ibagué, viniendo de Cali, Barba Jacob había dejado a Rafael en casa de Mercedes.
Cuando consiguió trabajo en El Espectador y el muchacho se reunió en Bogotá, tomaron un apartamento cerca a la Plaza de las Aguas. Adquirieron buena ropa, algunos muebles, una máquina de escribir, y empezaron a vivir como la gente decente. La buena ropa, los pocos muebles y la máquina de escribir se los robaron la noche en que Rafael salió a acompañar a una muchacha dejando la puerta abierta. Bogotá en 1927 tenía doscientos veinte mil habitantes y era una ciudad de ladrones. Hoy tiene cinco millones camino de seis, y es una ciudad de ladrones, la capital de un país de ladrones. Los pueblos como las personas difícilmente cambian. Siguen siendo los mismos. Cuestión de identidad. O determinismo si se quiere”.
En los puentes festivos, instaurados por Ley Emiliani, gran cantidad de pobladores de Bogotá —no digo bogotanos— se ausentan dejando la ciudad transitable. Prefiero no salir, leer y escribir. Es mejor. Leo la prensa acumulada, El Espectador preferentemente, y he dado un corto vistazo: hay artículos dignos de ser leídos, pero la gran mayoría de las notas hablan de lo malo, de lo peor y lo feo en nuestro entorno. Basta leer titulares de la página principal y subsiguientes, hasta la 18 de la última edición dominical, para confirmar mi anterior aseveración. Para completar, en la noche, la edición televisiva de Caracol Séptimo Día denunció lo peor de nuestro sistema de salud con entrevistas a los padres y a los médicos que tuvieron que ver con la actuación de una EPS: mostraron a la inocente víctima que había sido mostrada en la edición del lunes 3 de junio con el título “Viacrucis de una bebe” (escribí en la columna de los lectores la carta titulada “Punto sobre las íes”, publicada el miércoles 2 de junio de 2014). A continuación, en el mismo programa televisivo, dieron estadísticas de los malos e indeseables colombianos en el exterior. De lo que no se habla es de las causas de todo esto. Es importante que se llegue al meollo de estas situaciones. La estratificación social, la corrupción de las clases dirigentes, si continuamos ensalzando —por la sintonía— peligrosamente a criminales, a los participantes en carruseles de contratación y aun de pañales, esa información subliminal que llega a las mentes de los jóvenes de la gente decente, así como de las clases vulnerables por igual, se repetirá perdurablemente.
Héctor Chamorro. Bogotá.