Los 200 años de historia de Colombia están llenos de sangre y dolor; aun así, no hemos entendido la necesidad de la paz.
Según el Registro Único de Víctimas, por lo menos nueve millones de personas afectadas es el saldo de una guerra que se ha perpetrado a lo largo de la historia colombiana, entre conquistados y conquistadores, liberales y conservadores, guerrilleros y paramilitares, narcotraficantes y el Estado. Es triste pensar que avanzamos, pero no en la transformación de un país más pacífico, sino en un conflicto que a veces parece no tener vuelta atrás; peor aún es pensar que existen sectores que buscan entorpecer una forma pacífica de resolver tanto conflicto que daña nuestra nación.
La paz es un tema que va más allá de las ideologías y los partidos, no se trata de ser petrista o uribista, se trata de tener empatía y conciencia de lo que sucede en todo el país, de que mientras en la capital algunas familias se sientan a almorzar una comida típica cerca de la plaza de Bolívar, en otro punto del país otra familia corre para esconderse de las balas asesinas de cualquiera de los bandos. Además, la paz no solo trae el fin de un largo río de sangre que se extiende desde la punta de La Guajira hasta lo más bajo del Amazonas, nos da también la oportunidad de progresar como país, promover el turismo y el desarrollo económico.
Mucha gente dice: “Son un montón de asesinos, no los queremos en la sociedad”, sin tener la capacidad de pensar más allá de esa visión privilegiada de algunas personas que viven en zonas seguras del país, sin pensar en aquellos que acabaron metidos en esta guerra sin sentido por obligación, reclutados, extorsionados. Esa es la realidad, algunas de esas personas que hoy empuñan un fusil en los montes y las selvas de Colombia lo hacen para sobrevivir, no por su propia voluntad. Según la JEP, al menos 18.677 niños han sido víctimas de reclutamiento forzado por las FARC, sin contar otros grupos implicados en el conflicto. Es entonces cuando debemos ponernos a pensar qué preferimos: ¿balas y sangre a lo largo y ancho del país o darles una segunda oportunidad a quienes quizá tienen el sueño de aportar a este país?
No se trata de tomar bandos, se trata de entender que ellos, al igual que quienes estamos en las ciudades lejos de esta guerra, son personas que tienen sueños, familias y metas, que la extensión de este conflicto sin sentido no resulta en nada más que dolor y sufrimiento para este país. Hoy se ha puesto una propuesta sobre la mesa que ha sido llamada paz total y es normal que, como todo en la vida, haya personas en desacuerdo. A esas personas hoy les quiero decir que es hora de olvidar nuestras ideologías y poner esta pregunta en nuestra mente: ¿qué país queremos construir, uno de sangre y dolor o uno de progreso, alegría y esperanza?
Juan Sebastián Osorio Ocampo.
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