Creo que muchos colombianos teníamos gran expectativa por el censo 2018 que, supuestamente, iba aplicarse con la tecnología más avanzada. Personalmente lo hice de forma electrónica y luego me arrepentí porque me dio la impresión de que dejaba de responder aspectos importantes que sí se habían tenido en cuenta en otras ocasiones. Pero luego presencié la manera cómo censaban a unos familiares y la decepción fue mayor.
Y no es que necesariamente teníamos que llegar a los 50 millones, porque si la población presenta la tendencia a envejecer, se tiene entendido que el crecimiento poblacional debía ser menor; además de que había que revisar la proyecciones del censo anterior (2005). Es la calidad de la información de los habitantes reales del país lo que importaba para saber si sus condiciones de vida han mejorado en todos los aspectos integrales de su bienestar, si la riqueza continúa concentrándose en algunos pequeños sectores y determinar si la pobreza, y por ende la desigualdad, en verdad han disminuido, o si, por el contrario, se estaba contribuyendo a esconder un tanto esa realidad nacional que está ahí, frente a nuestras narices, pero con cifras “reveladoras” que indicarían que la inequidad avanza como la sombra del sol cuando este declina.
Este censo era más importante que los anteriores porque es inherente al proceso de paz y al posconflicto. No sé si para esta población que está reinsertándose había preguntas diferentes o era el mismo de todos. Y si fueron hasta allá los censistas. En todo caso, esos datos son vitales para conocer nuestro presente y hacerse a una idea aproximada del futuro.
Pero lo más preocupante es si se podrá tener confianza en los censos venideros, si puede creérsele al DANE, referente obligatorio para todo tipo de investigación. Se dirá que faltó pedagogía, posiblemente. Además, el fracaso relativo del censo está ligado, quiérase o no, a dos aspectos fundamentales: el presupuesto asignado y girado oportunamente, y la forma de aplicarse, es decir, si se fue riguroso, transparente y adecuado en la ejecución presupuestal, con la capacitación oportuna al personal, por ejemplo. Observando a los censistas se parecían a los policías bachilleres que andan de dos en dos muertos de risa o hablando por celular. ¿Quién los vigilaba? La eterna paradoja: tecnología más sofisticada, más picardía, más confusión, en todo caso, menos precisión. Hacia finales de octubre nos prometen las cifras definitivas. Si no somos 50 millones, qué más da. Mejor que nos digan cómo estamos los que somos y punto.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
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