En la vigilia de madrugada el día empieza desde temprano y la ausencia del sol se hace notar. Despunta un frío agradable y las luces comienzan a encenderse como miles de titubeantes luciérnagas; cuando muchos están bajo el velo del sueño, otros tantos están despegando los párpados. Con la fría madrugada los sonidos fastidiosos de miles de alarmas se escuchan retumbar, sonidos que gritan: “Son las 4:00 de la mañana, ¡es hora de despertar!”. Entonces todo está presto para que la rutina no pierda su nombre y allí en medio está la ciudad que nunca apaga sus bombillas. Desde el sonido de puertas cerrándose hasta repetidas miradas al reloj, la carrera diaria acaba de empezar y con ella más de media ciudad ya está despierta, es una lucha constante, lucha de superhéroes vueltos hombres. Corren hasta la parada del bus, con suerte habrá puestos disponibles, de lo contrario es una ruta en pie hasta llegar al tren. Desde la bajada del colectivo, todos caminan de forma apresurada, correr hasta las cabinas del tren es una costumbre diaria y suele ser muy contagiosa. Al llegar al metro existe una guerra de empujones por no quedar fuera del vagón, se debe contar con mucha más suerte para encontrar asientos libres, de lo contrario toca ir como las salchichas enlatadas de Zenú. Las personas salen del tren y siguen corriendo, quieren llegar pronto a cada actividad y al detener el tiempo por un par de segundos suelen verse llenas de preocupaciones, con miradas distraídas y semblantes melancólicos, pero aun así congestionadas de un afán interminable: “En quienes haya la oportunidad de practicar la amabilidad, no hay que dudar en hacerlo, casi nadie la está pasando bien”. Cuando han llegado al trabajo, la mayoría solo desean cumplir con un horario, mas no con un compromiso laboral, pero cómo buscar una culpabilidad en aquello que solo es una reacción, pues cuando hay conflictos internos lo externo puede verse alterado. Así, con el transcurrir de las horas, se ha vencido otro día… De nuevo hasta el metro, la misma carrera, esta vez por llegar pronto a casa. Hay rostros desactivados de felicidad, llenos de agotamiento, como si la vida tuviera con ellos mucha crueldad, queriendo apagar por un momento el mundo en que viven. Tomar una fuerte dosis de redes sociales es la alternativa, distracción es lo que desean y ahí van: “Sumidos dentro de un móvil como quienes comen y nunca tienen saciedad”. El día está pronto a culminar, las estrellas ya han subido el telón, se asoman y la vida se siente debilitada, las personas se sienten vulnerables, muchos desean algo mejor, quizá dejar de correr, renunciar. Sienten que la vida se disipa como agua entre las manos y nada tiene un sistema diferenciador, es como un perro que corre tras de su cola, algo de nunca acabar… Llegan a dormir y en menos de un minuto, de nuevo, la alarma vuelve a sonar.
Álvaro Argumedo.
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