Qué bueno que la inmensa mayoría de los colombianos nos dolimos y solidarizamos con mi cabo Edwar Ávila, un verdadero héroe de la patria, con un sentido filantrópico y una sensibilidad social sin igual.
Lo único que le importó en su tragedia personal, y lo alivio, fue que esa acción perversa no le causó daños a los niños. Este hombre está hecho de algo que no tenemos todos los humanos, de serenidad ante su dolor. Nunca habló con rencor ni se dejó llevar por la rabia: qué buen ejemplo para esta patria que está llena de soberbia, odio y venganza. Por eso hoy más que nunca mi cabo Arias es un verdadero héroe de carne y hueso, que merece todos los reconocimientos de la sociedad colombiana. Ojalá su nombre se le ponga a una obra colosal, donde se le demuestre que su valentía y gallardía no fueron olvidadas como pasa en este país de desmemoriados. Eso último es poco, de hecho: lo más importante es que se le den todas las ayudas que se merece por su sacrificio, abnegación y valor. Es a la sociedad civil a la que le toca tomar la iniciativa de que su nombre no quede en los escombros de la historia, pues ningún funcionario del Gobierno salió a exaltar su obra llena de heroísmo. Los miembros de la Fuerza Pública no tienen dolientes en el Gobierno, solo se les dan órdenes y ya. No es posible que a la fecha el Gobierno no se haya ocupado de su nivelación salarial, la viceministra muy tímidamente atinó a decir que por ahí en junio con retroactividad, como si las necesidades primarias se pudieran aplazar. Édgar Bejarano. Bogotá. Envíe sus cartas a lector@elespectador.com