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Un suicidio y Dios

08 de septiembre de 2014 - 09:34 p. m.

Escribo por el artículo del suicidio de Sergio Urrego (El Espectador, “Las pruebas de Sergio”, 09/07/14), pues en estos días personalmente he tenido distanciamientos con la congregación a la que asisto por este tema, y algunos otros más.

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Como se dio la aprobación de la adopción por parejas gais hace unos días, la congregación ha reaccionado pidiendo a Dios en la alabanza y prédica “justicia” para corregir ese tema. Si bien es cierto que no estoy de acuerdo con la adopción, y frente al tema de homosexualidad mi aproximación es de un problema espiritual que puede ser resuelto, la congregación, al pedir justicia, está actuando e induciendo a las personas a actuar frente al tema con una actitud de “juzgamiento” al otro individuo. Y, de una forma u otra, Dios, cuando ha demostrado su “justicia”, ha sido de manera bien radical y violenta (el diluvio, Sodoma y Gomorra, los levitas que andaban con sus tragos, etc.). En general son todas historias del Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento, en los evangelios, hasta ahora no he encontrado ninguna acción de Jesús en contra de otro ser humano de forma violenta; sólo cuando llegó al sitio de oración y se molestó mucho porque lo habían vuelto un mercado, pero en esas no mató ni hirió a nadie. Nunca le negó a nadie su ayuda. Nunca le negó a nadie el perdón, y nunca pudo ninguna maldad doblegarlo. Es decir, el amor que nos muestra Jesús está por encima de la muerte y del pecado, del origen de quien lo padece.

La congregación está juzgando, pidiendo justicia divina, y no perdonando y dando amor. ¿No sería mejor, en vez de tener esta actitud en la prédica, decir y obrar en el sentido de “perdónales sus pecados, acuérdate Dios de ellos que actúan así porque no te conocen, muéstrales tu misericordia y gracia para sacarlos de la inmundicia, como hiciste con el gadareno, perdónalos porque no saben lo que hacen…”.

En resumen, no estoy dispuesto a sumarme ahora en una especie de “cruzada” en contra de mis semejantes. Eso no aplica en las enseñanzas de la Biblia, y viola un mandamiento: “no matar”. Al muchacho del artículo lo “etiquetaron”, juzgaron, marginaron, aislaron, por una actitud de la cual en últimas no tenía la culpa: pensar, actuar, obrar y sentir diferente.

Lo satanizaron, alejándolo más de Dios, y entregándolo en bandeja a la muerte. No le dejaron opción. El diablo debe estar feliz, pues no tiene que hacer nada para que nosotros nos destruyamos entre nosotros, solitos, por la mezquindad de corazón.

Sergio Romero. Bogotá.

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